La Universidad de las Islas Baleares —que, conviene recordarlo porque parece necesario repetir según qué evidencias, es el órgano consultivo oficial en materia lingüística en las Islas Baleares— acaba de recordar una obviedad científica que hace décadas que está resuelta: la lengua propia de Menorca es el catalán.
No lo dice un tuitero con foto de perfil épica.
No lo dice un tertuliano exaltado.
No lo dice una asamblea universitaria con guitarras y pegatinas.
Lo dice la Comisión Técnica de Asesoramiento Lingüístico de la UIB, que recuerda textualmente que «la lengua propia tradicionalmente hablada en las Islas Baleares [...] es reconocida internacionalmente y académicamente como catalán o lengua catalana».
Y aún más: el informe concluye que emplear institucionalmente el término “menorquín” como si fuera una lengua diferenciada «puede interpretarse como un uso diferencialista».
Es decir: el debate no existe académicamente. Existe políticamente.
Cuando la ignorancia se convierte en identidad
Pero ciertamente nuestro tiempo es difícil.
Ortega y Gasset ya advertía en La rebelión de las masas de la aparición del “sabio ignorante”, aquel individuo que opina con una seguridad colosal precisamente sobre aquello que ignora. Ortega describía un tipo humano nuevo: alguien que «se comportará en todas las cuestiones que ignora [...] con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio».
El filósofo aún no conocía Twitter, Telegram ni los reels de Facebook, pero ya había entendido perfectamente el mecanismo mental del siglo XXI.
Porque el problema actual ya no es solo el derecho a la ignorancia. Es la reivindicación orgullosa de la ignorancia como forma de resistencia cultural.
Vivimos en una época donde la Tierra puede ser plana, las vacunas pueden insertar microchips, el hombre nunca llegó a la Luna, Elvis vive en Wisconsin, y miles de personas pueden creer simultáneamente que un vídeo vertical de treinta segundos pesa más que cincuenta años de consenso científico.
Y dentro de este ecosistema mental aparece también la teoría según la cual el menorquín no es catalán.
Naturalmente.
Porque si alguien puede negar la rotación terrestre, tampoco cuesta mucho negar la filología románica.
La batalla no es lingüística, es emocional
Lo más fascinante es que esta obsesión fragmentaria solo aparece con lenguas que cargan peso identitario. Nadie discute seriamente que el inglés australiano sea inglés. Nadie defiende que el castellano de Argentina sea una lengua separada. Nadie exige una academia soberana del murciano septentrional.
Pero aquí sí.
Y porque el problema real no es lingüístico. Es emocional.
La palabra "catalán" incomoda a determinados sectores porque no la asocian solo a una lengua, sino a una geografía, una ideología y una batalla política concreta. Y así nace el milagro intelectual contemporáneo: transformar un dialecto en idioma para evitar un nombre que molesta.
El caso valenciano lleva décadas funcionando como laboratorio de esta operación. Primero se reivindica la "personalidad propia". Después se insinúa que la lengua es diferente. Finalmente aparecen academias paralelas, guerras escolares y una sociedad discutiendo eternamente una cuestión que la lingüística ya había resuelto.
La paradoja es extraordinaria: millones de personas entendiéndose perfectamente mientras insisten en que no hablan la misma lengua.
Francesc de Borja Moll —probablemente uno de los menorquines que más sabía sobre el tema— ya distinguía claramente entre lengua y dialecto. Pero hoy un filólogo tiene menos autoridad social que un vídeo mal subtitulado compartido por WhatsApp.
Y así acabamos convirtiendo una cuestión científica en una batalla sentimental.
Discutiendo la etiqueta mientras la lengua retrocede
Pero si vamos hasta el final del razonamiento diferencialista, la situación se vuelve directamente cómica.
Porque yo no hablo menorquín.
Yo hablo ciudadelano.
Y probablemente otro dirá que habla ferreriense. Y otro defenderá el mahonés auténtico. Y alguien reclamará ayudas para preservar el dialecto específico de su calle antes de que llegue la normalización opresora del barrio vecino.
Es el destino inevitable de todas las identidades construidas exclusivamente contra alguien más: que acaban fragmentándose infinitamente.
Mientras tanto, la lengua real —la que todavía habla la gente normal cada día— retrocede socialmente ante el castellano global, las plataformas digitales, el inglés y la sustitución lingüística progresiva.
Pero nosotros seguimos discutiendo la etiqueta.
Es difícil imaginar una metáfora más exacta de nuestro tiempo: discutir si el barco es menorquín o catalán mientras se hunde.

