La política no consiste en agradar a todo el mundo. Ni siquiera en acertar siempre. La política consiste, sobre todo, en decidir.
Vivimos tiempos en los que parece que cualquier decisión importante deba estar precedida por un consenso absoluto. Pero ese consenso, sencillamente, no existe. Si todo fuera consensuable, no existirían diferentes modelos de ciudad, ni proyectos políticos alternativos, ni tampoco la necesidad de votar.
La plaza des Born es un buen ejemplo.
A Ciutadella Digital Siempre hemos defendido que los coches debían salir del Born. No porque eso resolviera, por sí solo, los problemas de movilidad de Ciutadella, sino porque era el primer paso imprescindible para empezar a afrontarlos.
Quien sostiene que antes había que tener redactado el proyecto definitivo de remodelación de la plaza, asegurar su financiación, licitar las obras y ejecutarlas antes de tocar un solo vehículo, probablemente desconoce los tiempos de cualquier administración pública.
Un proyecto de estas características puede tardar perfectamente diez años. O más.
¿De verdad la ciudad debía esperar una década mientras la plaza continuaba saturada cada verano?
Nosotros creemos que no.
Quitar los coches no era el final del camino.
Era empezar a caminar.
Gobernar también es asumir riesgos
Las ciudades no se transforman esperando el proyecto perfecto. Se transforman tomando decisiones, corrigiendo errores cuando es necesario y continuando avanzando.
Es preferible equivocarse intentando mejorar una ciudad que resignarse a no hacer nada.
Porque los errores se pueden corregir.
La inacción, demasiado a menudo, se cronifica.
Precisamente por eso sorprende que una actuación que debía ser solo el comienzo de una transformación más amplia haya acabado monopolizando durante meses toda la conversación pública.
Hoy casi ya no discutimos sobre movilidad, aparcamientos disuasorios, transporte público o masificación.
Discutimos sobre una plaza.
Y cuando una ciudad acaba hablando durante meses solo de una plaza, quizás está dejando de hablar de los problemas que realmente determinarán su futuro.
El valor de dar la cara
Hay, sin embargo, otra reflexión que este episodio deja sobre la mesa.
El equipo de gobierno municipal gobierna porque obtuvo el apoyo necesario para formar una mayoría de gobierno. Se puede discrepar de sus decisiones. Es legítimo. También lo es recurrir a los tribunales cuando se considera que una actuación administrativa no se ajusta a derecho.
Todo esto forma parte de una democracia.
Pero también es legítimo preguntarse si un debate eminentemente político debe acabar condicionado, durante meses o años, por actores de los cuales una parte de la ciudadanía no identifica claramente quién asume su representación pública.
No es una crítica al derecho de los demandantes.
Es una reflexión sobre la calidad del debate democrático.
Las plataformas ciudadanas, las asociaciones y los colectivos tienen todo el derecho a participar en la vida pública. Pero también deberían asumir una responsabilidad: explicar quiénes son, quién los representa y defender sus ideas abiertamente.
Las ideas no pierden fuerza cuando tienen un nombre.
Al contrario.
La ganan.
Si hay una parte de la ciudadanía que considera que los coches deben volver al Born, es perfectamente legítimo. Que se organice, que exponga sus argumentos y que defienda públicamente su modelo de ciudad.
Del mismo modo, también sería legítimo que surgiera una plataforma ciudadana en defensa de un Born definitivamente pacificado.
La democracia necesita debate.
Pero también necesita transparencia.
Cuando la política acaba en los juzgados
Una democracia necesita tribunales independientes. Y necesita que cualquier ciudadano pueda impugnar las decisiones de la Administración cuando considere que no se ajustan a derecho.
Este derecho es irrenunciable.
Pero también conviene preguntarse si la judicialización de la política se está convirtiendo, demasiado a menudo, en una extensión del debate político.
Porque cualquier decisión de un gobierno es susceptible de ser impugnada.
Y cuando hay medidas cautelares, esa decisión puede quedar suspendida mientras los tribunales resuelven el fondo de la cuestión.
Es una garantía jurídica necesaria.
Pero también tiene consecuencias políticas.
Una decisión adoptada por un gobierno legítimamente constituido puede quedar condicionada durante meses o incluso años. Cuando llega la sentencia definitiva, el contexto político puede haber cambiado por completo.
No se trata de cuestionar a la justicia.
Se trata de preguntarnos si este es siempre el mejor camino para que una ciudad avance.
Porque una democracia madura necesita jueces independientes.
Pero también necesita gobiernos que gobiernen, oposiciones que hagan política, ciudadanos que participen y colectivos que defiendan sus ideas con transparencia.
Las urnas siguen siendo el mejor juez
Quizás en 2027 una mayoría de ciudadanos decidirá que los coches deben volver al Born.
O quizás decidirá consolidar definitivamente una plaza pensada para los peatones.
Serán las urnas quienes lo decidirán.
Pero para que los ciudadanos puedan decidir libremente, antes es necesario que cada uno explique qué modelo de ciudad defiende. Sin ambigüedades. Sin ponerse de perfil.
Si hay partidos que consideran que el Born debe recuperar el tráfico rodado, sería deseable que lo explicaran abiertamente, que lo incorporaran a su programa electoral y que pidieran el voto para hacerlo.
Resulta igualmente significativo ver cómo algunos partidos políticos han celebrado esta resolución cautelar. Es una posición perfectamente legítima. Pero también admite otra lectura: el aplauso de la vía judicial puede interpretarse como la constatación de la dificultad de construir una mayoría política suficiente para revertir esta decisión por la vía democrática.
En democracia, las mayorías se construyen convenciendo a los ciudadanos, no a los jueces. Los tribunales garantizan la legalidad; las urnas deciden el modelo de ciudad. Cuando un debate eminentemente político termina trasladándose a los juzgados, no solo cambia el escenario. También evidencia los límites de la política para resolver políticamente sus propios conflictos.
Porque la política no consiste en esperar a que sople el viento.
Consiste en explicar hacia dónde se quiere ir.
A decidir.
Y, sobre todo, a dar la cara.

