Los partidos políticos de derechas que votan en contra de toda propuesta de la izquierda para proteger los derechos humanos, para garantizar protecciones sociales y favorecer una vida digna de la ciudadanía, han presentado una propuesta en el Parlamento Balear para prohibir el velo integral en espacios públicos o en espacios privados susceptibles de tener uso público. Hablando en plata, quieren prohibir el burka y el niqab, vestimenta utilizada por algunas mujeres musulmanas cuando van por la calle.
Legislar un problema que casi no existe
Normalmente, las leyes suelen ir por detrás de la sociedad. Es decir, no se legisla sin que antes haya un conflicto sobre el cual se deba legislar o, como dicen en castellano, "las cosas de palacio van despacio". Y yo no sé vosotros, pero yo solo he visto mujeres con velo integral cuando he viajado a países musulmanes; en Baleares, nunca. Pero, mira, resulta que VOX y PP han mostrado la patita un poco más y han tenido que elegir a ver a quién odian más, si a los inmigrantes o a las mujeres, y han ganado los primeros. Dentro de su propuesta de ley no debemos dejar pasar que dice que uno de los objetivos de legislar el uso del velo integral es "facilitar la expulsión de extranjeros reincidentes", demostrando que lo que podría parecer una medida progresista en defensa de la integridad e igualdad de las mujeres, no es más que odio a quien es diferente.
Salir de las trincheras ideológicas
Pero bienvenida sea la propuesta, y meditémosla de manera crítica y a conciencia. No nos dejemos llevar por quién hace la propuesta, como tantas veces ocurre en política, para decidir si la aprobamos o la rechazamos.
Y llegados a este punto, no querría dejar de mencionar un libro que creo que deberían leer todos los diputados y diputadas antes de decidir la prohibición o no del velo integral. El libro es "Sempre han parlat per nosaltres" (Siempre han hablado por nosotras), de la escritora y activista catalana Najat El Hachmi.
La condescendencia como nueva forma de racismo
En el libro, El Hachmi rechaza la regulación del velo integral desde una perspectiva partidista (derecha/izquierda) o desde el rechazo cultural al islam; en cambio, plantea el debate en términos de laicidad, igualdad entre hombres y mujeres, espacio público compartido y protección de los derechos individuales frente a presiones comunitarias.
Y creo que tiene toda la razón del mundo cuando dice que la derecha propone la prohibición por rechazo a la cultura islámica y la izquierda rechaza la prohibición porque no quiere apoyarla con el riesgo de que pensemos que los progresistas también están en contra del islamismo. Pero esta perspectiva sesgada es errónea, porque los partidos de izquierda, que tanto han hecho legislando a favor del feminismo, defendiendo la igualdad y reconociendo a la mujer como un ser humano de pleno derecho desde hace más de un siglo, se equivocan dirigiendo este debate hacia una cuestión identitaria o partidista, cuando en realidad esto es otra forma de racismo: condescendencia y paternalismo por el "otro".
La libertad y sus condicionantes
También es importante tener presente que el velo integral difícilmente se puede entender como una decisión exclusivamente individual, tomada en un vacío social o cultural. Cuando se plantea el debate únicamente en términos de "libre elección", a menudo se corre el riesgo de obviar que todas las personas tomamos decisiones dentro de unos marcos sociales, culturales y simbólicos que condicionan —en mayor o menor medida— aquello que percibimos como posible, aceptable o deseable.
Este condicionamiento existe en muchos ámbitos de la vida, pero se vuelve especialmente relevante cuando hablamos del cuerpo, la identidad y los roles de género.
Es precisamente esta idea la que desarrolla Najat El Hachmi cuando cuestiona una lectura simplista de la libertad individual. En su libro señala que muchas mujeres «remarcan por activa y por pasiva que no las obliga nadie a taparse y obvian que las presiones sobre el cuerpo se pueden transmitir de formas muy sutiles». Con esta reflexión, la autora no niega que pueda haber mujeres que manifiesten vivir esta práctica como una decisión propia, pero invita a ampliar la mirada y preguntarnos en qué condiciones sociales se construye esta elección y qué mecanismos —familiares, comunitarios, religiosos o simbólicos— pueden influir en ella sin necesidad de imposiciones explícitas.
Diversidad sí, excepciones a los derechos no
Desde esta perspectiva, el debate sobre la regulación del velo integral no debería reducirse automáticamente a una oposición entre libertad y prohibición. Lo que plantea El Hachmi es una pregunta más profunda: ¿cómo podemos garantizar que las decisiones que afectan al cuerpo y a la presencia de las mujeres en el espacio público se tomen realmente en condiciones de autonomía e igualdad? En este sentido, regular determinadas prácticas no implicaría necesariamente limitar derechos, sino abrir una reflexión legítima sobre qué condiciones sociales hacen posible una libertad efectiva y no solo formal.
Por tanto, considero que este debate debería situarse principalmente en el terreno de los derechos universales y no exclusivamente en el de las identidades religiosas o culturales. Si aceptamos que la diversidad es un valor democrático, también debemos aceptar que esta diversidad no puede convertirse en una excepción a los principios de igualdad, autonomía y libertad que intentamos garantizar para todas las personas.
En esta línea, Najat El Hachmi defiende que respetar realmente la diversidad no significa renunciar a estos principios en nombre del relativismo cultural, sino extender los derechos y las conquistas sociales conseguidas —especialmente en relación con la emancipación de las mujeres— a cualquier contexto donde todavía existan limitaciones o desigualdades naturalizadas.
La universalidad de los derechos como criterio
Desde esta perspectiva, el criterio para reflexionar sobre la regulación del burka o del niqab no debería ser si se trata de una práctica culturalmente arraigada o religiosamente legítima, sino si es compatible con unas condiciones reales de igualdad, reciprocidad y autonomía personal. El reto no es decidir qué culturas merecen ser respetadas y cuáles no, sino preguntarnos si somos capaces de aplicar los mismos estándares de derechos y libertades a todo el mundo, independientemente de su origen o tradición.
En definitiva, una sociedad plural no se construye renunciando a los derechos universales en nombre de la diferencia, sino garantizando que la diferencia se pueda vivir en condiciones de auténtica libertad. Solo así podemos evitar caer tanto en la imposición cultural como en un relativismo que, bajo la apariencia de respeto, acabe dejando desprotegidas a aquellas personas que tienen menos capacidad real para decidir sobre su propia vida.
Personalmente, creo que esta reflexión debería llevarnos a regular el uso del velo integral en aquellos espacios donde entran en juego principios básicos de convivencia, identificación, igualdad y participación en el espacio público. No porque sea una práctica vinculada a una religión concreta ni porque la proponga un determinado partido político, sino porque considero que una sociedad democrática debe poder debatir críticamente cualquier práctica cultural o religiosa cuando esta entra en tensión con derechos y valores que aspiramos a garantizar de manera universal.

