No hay mentira más grande que un “siempre se ha hecho así”, pero en Ciutadella lo repetimos como un mantra cuando se inicia un mínimo debate sobre algún pequeño cambio en Sant Joan. Y es que, como una vez le oí decir al maestro Jaume Mascaró, nuestro pueblo es el único en el que su ciudadanía no se otorga por nacimiento; no naces y ya eres ciudadelano, ¡no! Tienes la opción de ser buen ciudadelano o mal ciudadelano, y para recibir la máxima condecoración de ciudadelano no puedes hacerlo de otra manera que demostrando ser un buen santjoaner.
Tradición y protocolos
¿Y esto cómo se demuestra? Pues es bastante sencillo, basta con no querer tocar ni una coma de los «protocolos». Pero, ¿qué protocolos? Cuando buscas en el diccionario la palabra «protocolo» hay varias acepciones, pero todas tienen un par de cosas en común: un protocolo debe ser público y consensuado. Así pues, los Protocolos de las fiestas de Sant Joan de Ciutadella, escritos por Josep Pons Lluch, no son otra cosa que una puesta por escrito de las tradiciones que a finales de los años 70 del siglo pasado se mantenían vivas «en el espíritu de todo buen santjoaner» y que se lograron recopilar, cito textualmente el pórtico de Josep Pons Lluch, «urgando en el espíritu de los buenos ciudadelanos». Así, los magnánimos protocolos que todo buen santjoaner debe venerar no son otra cosa que una consueta.
¿Para ser buen ciudadelano debes respetar todos los protocolos o podemos hacer excepciones? Depende, porque los protocolos dicen respecto al Caixer Senyor que «se puede hacer representar en algunos actos, o en todos, siempre que el sustituto forme parte de la antedicha nobleza de Ciutadella», pero el pasado 24 de junio a las 8 de la mañana, Juanlu pidió permiso para comenzar el replec y le dio el permiso Amaia Aragüés, que no parecía muy ciudadelana, no sé si noble, pero tampoco tenía pinta de «sustituto». No pasa nada, con el permiso dado comenzó el replec y la fiesta continuó como si tal cosa.
Depende, porque dice Josep Pons Lluch que la bandera que lleva el Caixer Fadrí se entrega al Caixer Casat y «se expone mirando a la calle, desde una ventana o balcón del primer piso, donde queda colocada (…)», pero yo he visto expuesta la bandera en planta baja, y aquel bienio Sant Joan se celebró igual, la gente hizo fiesta, los caballos hicieron «entra» y todo siguió su curso.
Hay muchos más «depende», y más sonados que estos, los hay a montones, pero no es de esto de lo que quiero hablar, ni de qué año será cuando empezarán a montar mujeres por Sant Joan, porque de que será, será. Hoy solo quería hablar de los años que le quedan a Sant Joan tal y como nosotros lo hemos conocido.
El San Juan que he conocido
Yo he conocido un Sant Joan donde no había prisas, un Sant Joan diseñado a medida para el disfrute de la gente del pueblo. No en vano los huertos del Pla son construcciones tan características, donde dentro de un huerto hay un altillo con uso de palco que se usa solo una tarde al año. Los ciudadelanos y ciudadelanas queremos participar de las fiestas pero también queremos admirarlas. Por eso abrimos las puertas de nuestras casas a familiares y amigos y compartimos con ellos todo lo que tenemos, sea poco o mucho, aunque es cierto que por Sant Joan, solemos tirar la casa por la ventana. Y abrimos las ventanas y las escaleras, para los más pequeños, y si tenemos la suerte de recibir la visita del Be, invitamos a familiares y amigos para que lo puedan tocar y verlo de cerca. Porque una fiesta si no es compartida, no es.
La esencia de Sant Joan es compartir.
He conocido un Sant Joan donde los niños tenían su lugar, donde había espacios para que las familias pudieran disfrutar juntas de la fiesta y donde los mayores podían transmitir oralmente su conocimiento y respeto por la fiesta.
He conocido un Sant Joan donde la banda de música bajaba al Pla junta y a pie, donde llegaban al Born sonando, sonando, desde Ses Palmeres, un Sant Joan donde los Juegos del Pla se celebraban con la luz del sol, donde se podían hacer tres vueltas de Caragol al llegar y antes de partir; en definitiva, he conocido otro Sant Joan.
La turistificación y la pérdida de esencia
Hoy en día todo esto lo hemos perdido. Hay tradiciones de Sant Joan que ya no recuperaremos. El día 24 por la mañana cada vez recorta más actos, los caballos van a toda prisa, casi no pueden hacer parada y en muchas casas donde los esperan con las puertas abiertas pasan de largo. Los niños y niñas no tienen espacio para aprender poco a poco qué es la fiesta y, en muchos casos, solo conocen Sant Joan cuando ya pueden salir de fiesta solos.
Aquellas casas de las calles de Santa Clara y alrededores donde se celebran los caragols cada vez nos pertenecen menos, cada vez hay menos abiertas, cada vez hay más en venta, o vendidas, o que ya son un pequeño hotel de interior, o una casa para turistas que solo habitarán el mes de agosto y algún fin de semana que encuentren vuelos a buen precio. Gentrificación o turistificación lo llaman.
Llegará un día en que pasearemos por Santa Clara y ya no reconoceremos el Sant Joan que era nuestro.
Y llegará un día, no muy lejano, en que pasearemos por Santa Clara y ya no podremos ir a casa de Toni a tomar un ginet, o a casa de Pere a tomar esa tapita de albóndigas con salsa de almendras que prepara cada año, y que también se ha convertido en tradición, o a casa de Joana, que el día 24 por la mañana siempre tenía horchata fresquita y polos para los niños y niñas que paseaban entre caballos de la mano de su padre y su madre aprendiendo a amar la fiesta.
¿Qué es realmente la esencia de San Juan?
Y aquellas casas antiguas, ahora casas de revista, verán pasar la cabalgata a puerta cerrada, sin un pastelito sobre la mesa, ni un carquinyoli para hincarle el diente.
Y aquí sí, habremos perdido la esencia de San Juan, que no es que sobre los caballos solo haya machos; la esencia de San Juan es compartir, disfrutar juntos, transmitir el cariño por la fiesta de generación en generación y saber que el año que viene, cuando pasee por Santa Clara, puedo entrar en la calle Ses Roques, 15, y que, aunque no nos hayamos visto en todo el año, se alegrarán de verme y me servirán el gin con limonada más bueno que tomaré en todas las fiestas, no porque sea el mejor, sino porque me lo sirven mis amigos.
Y eso sí que es San Juan.

