Hay tiendas en las que entras a comprar algo y sales con un trozo de memoria. Can Llufriu es una de ellas. Detrás del mostrador de este establecimiento de la calle de ses Parres hay casi ocho décadas de historia familiar, de cambios en las costumbres y en la manera de vivir, pero también de una voluntad muy concreta: seguir ofreciendo cosas que, con el paso de los años, han ido desapareciendo de muchos otros comercios.
La historia comenzó en noviembre de 1947, cuando el matrimonio formado por Toni Llufriu y Marianna Capó, procedentes del campo menorquín, compró la casa de la calle de ses Parres donde vivían. Su hijo mayor, Marc, tuvo la idea de convertir aquel espacio en una tienda pensada inicialmente para el campesinado.
Era una Ciutadella muy diferente a la actual. El campo tenía un peso importante en la economía y en la vida cotidiana de muchas familias, y Can Llufriu comenzó ofreciendo aquello que necesitaban para las labores de cada día: azadones, cuerdas, lonas, esparto, cubos, insecticidas y todo tipo de materiales.
Pero Can Llufriu nunca fue solo la historia de una persona. El proyecto implicó a toda la familia. Marc y Tòfol se ocupaban de las instalaciones de la tienda; Tònia hacía de dependienta; Magdalena se encargaba de las compras, y Toni asumía la parte administrativa.
Era, en definitiva, un negocio familiar en el sentido más literal de la palabra.
Una tienda que fue cambiando con Ciutadella
Con los años, Can Llufriu comenzó a ampliar su universo. La tienda que había nacido pensando sobre todo en el campesinado incorporó nuevos productos y nuevos servicios, y supo encontrar otras necesidades dentro de una ciudad que también estaba cambiando.
Uno de los ámbitos por los que fue pionera fue el montaje de cortinas y rielería en toda Menorca. También se incorporaron la colchonería y productos que hoy forman parte de la memoria de diversas generaciones, como los zapatos de Calzados Gorila o el conocido Friso, utilizado en muchas casas para combatir las humedades.
En aquellos años, hasta once personas llegaron a trabajar en el establecimiento.
La tienda se iba haciendo grande porque también se iban haciendo grandes las necesidades de sus clientes. Y esta capacidad de adaptación acabaría siendo una de las claves para entender cómo un comercio nacido en 1947 ha podido llegar hasta hoy.
La crisis económica de los años noventa fue uno de esos momentos complicados. También lo fue la muerte de Toni, el hermano pequeño, en el año 1994. Pero la familia continuó adelante y Can Llufriu volvió a ampliar su abanico con artículos de decoración y muebles auxiliares.
Lo que había sido una parte destinada a almacén en la calle Murada d'Artrutx se convirtió entonces en el escaparate del establecimiento.
La memoria de Magdalena
La historia de Can Llufriu también se puede explicar a través de las palabras de Magdalena Llufriu Capó, que durante años estuvo vinculada al negocio familiar y que fue entrevistada en el marco del programa de Establecimientos Emblemáticos de las Islas Baleares.
En aquella entrevista explicaba cómo, desde aquella primera tienda de 1947, los productos se habían ido ampliando a medida que también cambiaban los clientes y las necesidades de la ciudad.
Recordaba especialmente aquella tienda llena de esparto, cuerdas, lonas y cubos, pero también la llegada de nuevos productos y servicios que permitieron al negocio seguir evolucionando.
«Poco a poco fuimos ampliando la gama de productos que vendíamos y también la clientela», explicaba Magdalena Llufriu.
Magdalena falleció hace aproximadamente dos años, pero su testimonio forma parte de la memoria de un negocio que hoy continúa en manos de la familia.
Su mirada servía también para entender una de las características más singulares de Can Llufriu: la capacidad de conservar cosas del pasado sin dejar de incorporar otras nuevas.
Por eso, entre los estantes y los rincones de la tienda todavía tienen un lugar destacado los productos artesanos y naturales: cuerdas rústicas, de esparto, cáñamo o algodón; leñeros, capazos de palma, cestas para setas, taburetes de enea y tamarit, esteras de esparto o fibra de coco, alpargatas, escobas de palma y mijo.
Y también moldes para hacer formatjades, pastissets y crespells.
Objetos aparentemente sencillos que, para mucha gente, tienen detrás una historia personal.
El valor de encontrar cosas que todavía existen
Quizás es aquí donde Can Llufriu ha conseguido construir una de sus principales señas de identidad.
No solo vender un producto, sino conservar una manera de comprar.
Entrar en Can Llufriu todavía permite encontrar cosas que no siempre son fáciles de localizar en otros establecimientos. Productos vinculados a la vida cotidiana de Menorca, al trabajo del campo, a las casas de antes, a la cocina tradicional o a los oficios artesanos.
Es esta mezcla entre utilidad y memoria la que convierte la tienda en algo más que un establecimiento comercial.
Cuatro generaciones después
Hoy, casi ocho décadas después de aquel noviembre de 1947, Can Llufriu continúa abierto con una cuarta generación al frente. Es Gustau Taboada Llufriu quien asume actualmente la continuidad del negocio familiar.
En un reportaje reciente del Ayuntamiento de Ciutadella, Gustau pone el acento en uno de los rasgos que considera esenciales para entender el comercio: la proximidad con los clientes. El contacto directo permite conocer qué necesita la gente y, a partir de ahí, mantener una oferta que se adapte a los nuevos tiempos.
Pero esta adaptación, en el caso de Can Llufriu, no significa renunciar a aquello que lo ha hecho reconocible durante décadas. La idea es mantener la esencia de la tienda mientras el negocio sigue evolucionando.
Es, en cierto modo, el mismo reto que la familia ha afrontado a lo largo de toda su historia.
La voz de Magdalena Llufriu forma parte ya de la memoria de este recorrido. Sus palabras explican una etapa del negocio y ayudan a entender cómo Can Llufriu llegó hasta aquí. Hoy es Gustau Taboada Llufriu quien asume el testigo.
Y quizás esta sea la mejor manera de entender qué significa llegar a 79 años.
No se trata simplemente de haber mantenido abierta una tienda.
Se trata de haber conseguido que, mientras Ciutadella cambiaba, algunas cosas siguieran allí.
Una cuerda de esparto. Un capazo. Un molde para hacer 'formatjades'. Un taburete de enea. Una alpargata. Un objeto que quizás alguien compra hoy y que otro compró hace cincuenta años.
Can Llufriu sigue vendiendo productos.
Pero, sin proponérselo, también sigue conservando algo mucho más difícil de encontrar: la sensación de que una parte de la Ciutadella de siempre todavía tiene la puerta abierta.

