Distracciones virales en un mundo en llamas

Durante los últimos días, una palabra extraña ha inundado las redes sociales: therian. Jóvenes que dicen identificarse con animales, vídeos virales corriendo a cuatro patas, debates televisivos, memes… En cuestión de días, esta palabra se ha convertido en tendencia global.

En realidad, el fenómeno no es nuevo. Apareció en comunidades de internet en los años noventa y describe a personas que sienten una conexión psicológica o espiritual con un animal, a pesar de saber perfectamente que son humanas.

Lo que resulta interesante, sin embargo, no es el fenómeno en sí. Lo que resulta realmente revelador es la magnitud de la conversación que genera.

Durante días enteros, miles de personas discuten, opinan, se indignan o se ríen de algo que, en realidad, afecta a muy pocas personas.

Mientras tanto, el mundo sigue avanzando con conflictos, crisis y decisiones políticas que afectan a millones de vidas.

Este contraste revela una cuestión más profunda: vivimos en una época dominada por la economía de la atención.

Las redes sociales no están diseñadas para priorizar lo que es importante, sino lo que provoca más reacción. La sorpresa, el ridículo o la indignación circulan mucho más rápido que la complejidad. Un fenómeno extraño puede monopolizar el debate durante días, mientras una crisis humanitaria desaparece del radar colectivo en cuestión de horas.

Las redes sociales no están diseñadas para priorizar lo que es importante, sino lo que provoca más reacción.

El filósofo francés Guy Debord escribió que la sociedad moderna se organiza como un espectáculo permanente. La realidad se convierte en una sucesión de imágenes que compiten por nuestra atención. Hoy, las redes sociales han llevado esta lógica hasta el límite.

Ya no hace falta que nadie planifique una cortina de humo. El sistema la produce por sí solo.

Mientras discutimos sobre una moda viral, otras realidades quedan en segundo plano: guerras, incendios forestales, escándalos de poder o crisis climáticas que afectan a millones de personas. Pero estos temas requieren algo que los algoritmos no favorecen: tiempo, contexto y pensamiento.

La indignación instantánea funciona mejor que la reflexión.

Quizás el problema no sean los therians, ni cualquier otra tendencia que mañana se vuelva viral. Las sociedades siempre han tenido modas, excentricidades y fenómenos curiosos. El problema es otro: nuestra creciente incapacidad para distinguir entre lo curioso y lo importante.

Cuando todo compite por nuestra atención, lo trivial y lo trascendental terminan ocupando el mismo espacio. Y es en este momento cuando ocurre algo inquietante: aquello que realmente debería preocuparnos deja de ser visible.

Estoy muy segura de que la verdadera pregunta de nuestro tiempo no es por qué alguien decide identificarse con un animal. La pregunta es otra. ¿Qué estamos dejando de mirar mientras discutimos sobre esto?