¿Por qué algunos parques generan tranquilidad y otros incomodidad? Los parques infantiles no son solo espacios de juego, sino escenarios de vida comunitaria, espacios compartidos y de reunión. Desde la criminología sabemos que la forma en que se diseñan, mantienen y utilizan influye directamente en nuestra percepción de seguridad y en cómo nos sentimos y comportamos.
En Ciutadella, los parques infantiles cumplen una función social esencial: son espacios donde niños y niñas juegan, pero también donde madres, padres, abuelos y abuelas conversan, tejiendo vínculos vecinales y construyendo comunidad. Así pues, cuando un parque está vivo, cuidado y frecuentado, se genera lo que en términos criminológicos conocemos como control social informal, concepto al que volveré más adelante.
La seguridad no depende únicamente de la tasa de delitos registrados y, por este motivo, distinguimos entre (in)seguridad objetiva y percepción de inseguridad, que, como podemos intuir, no siempre coinciden; el riesgo real y el miedo percibido no siempre van de la mano. Por tanto, un espacio puede no presentar cifras delictivas elevadas, pero generar incomodidad, desconfianza o miedo. ¿Por qué?
La respuesta se encuentra, en gran medida, en el estado físico y el diseño urbano, que influyen más de lo que creemos: iluminación insuficiente, mobiliario deteriorado, suciedad persistente, grafitis no retirados, zonas con escasa visibilidad, entre otros, envían la señal de que el espacio carece de supervisión e intervención. Este fenómeno es explicado por la teoría de las «ventanas rotas», que, a pesar de ser discutida por la literatura científica, cuenta con un amplio consenso en que el desorden físico influye en la percepción ciudadana de inseguridad.
Cuando el espacio se vacía
En este contexto, cuando un parque presenta zonas oscuras, puntos ciegos o signos de deterioro, deja de sentirse como un espacio seguro y, progresivamente, las familias reducen su presencia y disminuye su uso, facilitando que puedan aparecer dinámicas de ocupación no previstas, como consumo de alcohol u otras sustancias, acumulación de residuos, pequeños actos vandálicos y otras conductas incívicas o actividades delictivas.
Esto se justifica también a partir de la teoría de las «actividades rutinarias», que indica que la confluencia de estos tres elementos es determinante para la conducta delictiva: objetivo adecuado, infractor motivado y ausencia de un «guardián capaz». En un parque infantil, este guardián capaz a menudo no es la policía, sino la propia comunidad, que actúa como mecanismo preventivo natural (control social informal).
Diseño urbano y prevención
Estos procesos de degradación progresiva transforman la identidad del espacio y modifican la función social de los parques, que dejan de percibirse como un lugar de ocio infantil y comunitario para convertirse en un espacio ambiguo, poco definido y, como hemos visto, más vulnerable.
Las soluciones existen y son aplicables. Desde la criminología ambiental y, más concretamente, partiendo de los principios de la prevención del delito a través del diseño ambiental (CPTED), sabemos que un espacio bien diseñado y cuidado puede reducir las oportunidades delictivas. La vigilancia natural (visibilidad sin obstáculos desde viviendas o zonas transitadas), la organización de los accesos (recorridos claros sin entradas o salidas ocultas), el refuerzo territorial (sentido de pertenencia) y el mantenimiento continuado son factores que condicionan la seguridad, tanto objetiva como percibida.
Una cuestión también política
Aplicado a nuestro municipio, Ciutadella, todo lo expuesto nos lleva a reflexionar sobre cuestiones prácticas como: ¿están nuestros parques suficientemente iluminados? ¿Existen zonas de difícil visibilidad? ¿Se mantiene el mobiliario y el entorno en condiciones adecuadas? ¿El diseño favorece la presencia y permanencia de sus usuarios legítimos?… Estas preguntas no son simplemente urbanísticas o estéticas, sino que son preguntas criminológicas.
A partir de aquí, vemos cómo adquiere especial relevancia el concepto de control social informal, aquel que se ejerce de manera natural y cotidiana por la propia comunidad: vecinos que observan, familias que ocupan el espacio, comercios cercanos y abiertos que generan tránsito y visibilidad, etc. En un municipio como el nuestro, con una escala urbana manejable y un fuerte capital social, este control social se convierte en un recurso preventivo de enorme valor, pero necesita un entorno que lo favorezca.
Los parques no son un espacio secundario dentro de las ciudades. Invertir en su diseño, mantenimiento y planificación no es un gasto menor; necesitamos políticas públicas que comprendan el espacio público como un elemento central de prevención. Desde la criminología, sabemos que la seguridad no se improvisa. La pregunta, entonces, es clara: ¿estamos dando a nuestros parques la atención que merecen para que sean verdaderos espacios de comunidad?

