Hay recuerdos que guardamos en fotografías, cartas antiguas u objetos que, vistos desde fuera, pueden parecer insignificantes. Pero basta con volver a tenerlos en las manos para que algo se despierte: una persona que ya no está, un abrazo, un día feliz. Quizás por eso seguimos creando: porque hay cosas que no querríamos perder del todo cuando pasa el tiempo.
El arte ha sido, entre muchas otras cosas, una manera de dar forma a las emociones y convertir experiencias efímeras en algo que podemos conservar. A veces, una imagen nos devuelve a un momento de la vida con una fuerza inesperada.
Clara Gardés, artista menorquina, ha descubierto esta dimensión de la creación a través del live art, una práctica que lleva la pintura al centro de las celebraciones. Durante una boda u otro evento, dibuja a los protagonistas o a los invitados para que puedan llevarse una ilustración hecha en directo. La pintura nace mientras la fiesta continúa, entre conversaciones, reencuentros y emociones compartidas.
Pero, más allá de la novedad de ver a una artista trabajar durante una celebración, hay una cuestión más profunda: ¿qué pasa cuando una obra deja de hablar solo de quien la crea y empieza a formar parte de la historia de otra persona?
Del universo propio a las historias de los demás
Gardés se graduó en Bellas Artes en 2021 y continuó su formación en Barcelona y Bolonia. Procedente de una familia vinculada al dibujo y la pintura, ha desarrollado una trayectoria que combina la creación artística con la docencia, las exposiciones y la experimentación con diferentes técnicas.
En este recorrido, también ha cambiado su manera de entender el trabajo. «Cuando empecé, entendía el arte sobre todo como una manera de transmitir mi mundo interior, mis emociones e inquietudes», explica. Con el tiempo, sin embargo, ha descubierto que también puede tener una dimensión mucho más humana y compartida.
Crear puede ser una manera de explorar lo que llevamos dentro, pero también de acercarnos a las experiencias de los demás. A través de los encargos personalizados y del live art, Clara ha encontrado este espacio de encuentro: no se trata solo de crear una obra que exprese su propia mirada, sino de ponerla al servicio de una historia compartida.
Hace poco, por ejemplo, le encargaron un retrato familiar para regalar. «Me pareció muy bonito pensar que, a través de unas pinceladas, podía representar toda una historia de vínculos, afecto y recuerdos compartidos».
Un retrato familiar no es solo la representación de varias personas. También puede hablar de los años vividos juntos, de las relaciones que las unen y de todo aquello que no siempre necesita ser explicado con palabras. La artista transforma esta realidad en una imagen; el significado que adquirirá después dependerá, en buena parte, de quien la reciba.
El arte también ocurre entre nosotros
Esta dimensión compartida se hace especialmente visible en el live art. En una boda, una ilustración puede llegar a las manos de una persona mientras todavía está rodeada de los familiares y amigos con quienes celebra aquel día. La obra no aparece desligada del momento: nace dentro de la misma experiencia que después ayudará a recordar.
Las imágenes de una novia que sostiene el dibujo de los novios ante la casa de Santa Mariana y que, acto seguido, abraza a una invitada nos acercan a esta idea. No podemos saber todo lo que sienten las personas fotografiadas, pero sí que podemos observar cómo la obra entra en la celebración y se convierte en un motivo de encuentro.
La fotografía y la pintura ofrecen maneras diferentes de conservar un recuerdo. Una registra una imagen; la otra incorpora la interpretación de quien dibuja. Ninguna de las dos puede retener exactamente lo que ha pasado, pero una ilustración creada expresamente para una persona puede adquirir un significado particular porque ha nacido pensando en ella y en aquel momento.
El arte no necesita provocar siempre una emoción intensa para tener valor. A veces, su fuerza es más discreta: una imagen que nos gusta, un paisaje que nos hace detenernos o un dibujo que nos recuerda a alguien. Lo que importa es la conexión que puede establecer con quien lo contempla.
¿Se puede vivir del arte?
La trayectoria de Clara también pone sobre la mesa una realidad menos visible: la dificultad de convertir la vocación artística en una profesión sostenible. Tras formarse en Bellas Artes, completó el máster de profesorado y, desde hace cuatro años, compagina la docencia artística con su actividad como artista autónoma.
El camino no ha sido lineal. Ha habido etapas con más inspiración y otras con menos, meses con más encargos y otros con menos trabajo. También se ha encontrado con las dificultades del circuito expositivo, como las cuotas de participación y las comisiones de las galerías. Esto la ha empujado a buscar otras vías para compartir y comercializar su obra, especialmente las redes sociales, los encargos personalizados y el arte en vivo.
«Con el tiempo he aprendido que estas fluctuaciones no te hacen menos artista ni restan valor a tu obra», afirma.
Es una reflexión que va más allá de su experiencia personal. La trayectoria de un creador no se puede medir únicamente por el número de exposiciones, los encargos recibidos o la continuidad de los ingresos. También están las horas de preparación, los experimentos que no llegan a buen puerto y los momentos de duda que forman parte del proceso creativo.
Clara resume su recorrido con una frase que le gusta especialmente: «El éxito es cuando se encuentran la preparación y la oportunidad». Ha habido oportunidades, pero también muchas horas de dedicación y esfuerzo. Por eso considera importante continuar evolucionando, aprendiendo y manteniendo viva la ilusión por lo que hace.
Su experiencia recuerda que el arte no existe al margen de las condiciones materiales. Los artistas también necesitan encontrar espacios, públicos y formas de sostener su trabajo. Explorar nuevos caminos, sin embargo, no implica necesariamente renunciar a la vocación, sino buscar maneras de mantenerla viva.
El poder del arte
Robe Iniesta se preguntó en El poder del arte si el arte nos podría salvar de una vida inerte y triste. Es una pregunta que conecta con la experiencia de Clara Gardés: ¿qué nos aporta la creación que no siempre podemos encontrar en otros lugares?
Una pintura no puede deshacer una pérdida ni garantizarnos la felicidad. Pero puede ayudarnos a mirar el mundo con otros ojos, a reconocer una emoción o a encontrar una forma de expresión cuando las palabras no bastan.
En el caso de Clara Gardés, esta posibilidad se hace evidente a través de las historias de las personas para las que trabaja. Un retrato familiar, una ilustración regalada en una boda o una obra creada a partir de un encargo pueden convertirse en una manera de decir: estas personas son importantes para mí; este momento forma parte de mi vida.
Quizás esta es una de las dimensiones más humanas de la creación: la posibilidad de que algo que ha salido de la mirada de una persona acabe adquiriendo un significado profundo para otra. El artista pone la técnica, el tiempo y la sensibilidad; quien recibe la obra incorpora su propia historia.
«Una de las cosas que más me llenan de mi profesión es precisamente esta: poder transformar las vivencias de otras personas en arte», explica Clara. «Con los años he aprendido que el arte no es solo aquello que necesitamos expresar, sino también aquello que podemos ofrecer a los demás».
Y quizás no hace falta pedir al arte que nos salve de todo. Quizás basta con que nos ayude a reconocer aquello que amamos, que nos permita conservar una parte de las personas que forman nuestra vida o que nos haga detenernos un instante en medio de la prisa cotidiana.
Al fin y al cabo, una obra puede empezar con unas pinceladas sobre un papel y acabar formando parte de la historia de una familia. Quizás el poder del arte también es este: convertir una emoción en una imagen y hacer que, mucho tiempo después, aquella imagen todavía nos diga algo.


Deja un comentario