En Ciutadella el tiempo no se mide en años.
Ni en legislaturas.
Ni siquiera en décadas.
Aquí el tiempo se mide en Sant Joans.
Cuánto falta para Sant Joan. Cuándo cae Sant Joan. Si este año habrá mucha gente. Si el 'caragol' del Born podrá rodar bien. Si llegaremos a tiempo de tenerlo todo preparado. Si el Ayuntamiento habrá adjudicado los contratos antes de las fiestas.
Sant Joan es nuestro calendario emocional, político y administrativo.
Y quizás también la metáfora más exacta del gran problema de Ciutadella: una ciudad atrapada dentro de un presente eterno, condenada a repetirse mientras deja escapar, una tras otra, todas las oportunidades de transformarse.
La sentencia del TSJIB que obliga a devolver los coches al Born es exactamente eso.
No es solo una resolución judicial.
Es la constatación de un fracaso colectivo.
La derrota de todas y todos.
Porque la Justicia no dice que peatonalizar el Born sea una mala idea. No dice que la plaza deba seguir siendo un aparcamiento gigante en medio del centro histórico. No dice que sea deseable mantener un embudo permanente de tráfico, humo, atascos y ruidos junto a la Catedral.
El tribunal no cuestiona el modelo.
Cuestiona la incapacidad de llevarlo a cabo como es debido.
Y eso es infinitamente más grave.
Porque lo que retrata la sentencia es una ciudad que lleva años confundiendo la fotografía con la transformación real. Una política local obsesionada con el impacto inmediato, con la fachada, con la instantánea, pero profundamente incapaz de sostener administrativamente aquello que anuncia.
Peatonalizar Es Born tenía sentido.
Y mucho.
Por higiene urbana. Por dignidad patrimonial. Por calidad de vida. Por sentido común.
Pero una ciudad no se transforma solo moviendo jardineras y quitando coches.
Una ciudad se transforma planificando.
Y aquí es donde Ciutadella vuelve a naufragar.
Porque la peatonalización de Es Born no debía ser una actuación aislada. Formaba parte de un nuevo modelo de movilidad que exigía aparcamientos alternativos, regulación coherente de la ORA, redistribución del tráfico, aprobación definitiva del PMUS y una estructura administrativa sólida capaz de defender jurídicamente cada paso.
Pero nada de esto se ha culminado.
Y la Justicia termina diciendo lo que muchos intuían: que nadie ha sido capaz de explicar ni de justificar correctamente por qué aquella decisión formaba parte de un proyecto integral de ciudad.
La sentencia no penaliza a Ciutadella por valiente.
La penaliza por tibia.
Por improvisar.
Por dejar las cosas a medio hacer.
Y esto ya no va de derechas ni de izquierdas. Hace demasiado tiempo que la política local vive instalada en una mediocridad confortable. Una gestión orientada sobre todo a resistir, a llegar al final de la legislatura, a no complicarse demasiado la vida.
En el mejor de los casos, la política se ha convertido en un escaparate personal.
En el peor, en una rutina burocrática con sueldo fijo y poca ambición.
Y sí, también hay responsabilidades dentro de la administración. Porque Ciutadella lleva años atrapada en una cultura funcionarial excesivamente lenta, defensiva y prudente. Una administración que a menudo parece más preocupada por evitar problemas que por construir futuro.
Mientras tanto, la ciudad sigue parada.
El nuevo PGOU duerme en un cajón desde hace casi una década. La vivienda se ha convertido en una emergencia silenciosa. Los jóvenes no pueden quedarse a vivir aquí. Los grandes proyectos se eternizan. Las decisiones estructurales siempre quedan aplazadas.
Siempre hay una excusa mejor.
Siempre hay una urgencia más inmediata.
Siempre hay un Sant Joan demasiado cerca.
Y así acabamos dedicando recursos humanos, horas técnicas y dinero público a repetir cada año exactamente las mismas tramitaciones extraordinarias. Los mismos contratos. Los mismos montajes. Las mismas improvisaciones.
Como el día de la marmota.
Lo urgente devora a lo importante.
Y después nos sorprende que Ciutadella no avance.
La gran ironía de todo esto es casi literaria.
La misma sentencia apunta que Es Born es un Bien de Interés Cultural y que, precisamente por eso, cualquier actuación sobre la plaza exige una justificación especialmente rigurosa.
Extraordinario.
Durante décadas hemos considerado perfectamente normal convertir la plaza más emblemática de Ciutadella en un aparcamiento gigante y un nudo de tráfico constante.
Pero retirar los coches es aquello que requiere una justificación excepcional.
Es una metáfora perfecta del lugar donde vivimos.
Y ahora empezarán los debates eternos. Las jornadas. Las comisiones. Los estudios previos. Las reformas integrales que no llegan nunca. Las discusiones infinitas sobre si la plaza debe ser más dura o más verde.
Y tal vez pasarán veinte años más sin decidir nada.
Pero tranquilos.
Siempre habrá alguien dispuesto a recordarnos lo verdaderamente importante.
Que se pueda hacer bien el caracol del Born.
Que no toquemos demasiado nada.
Que cuidado con los caballos.
Que ya falta menos para Sant Joan.
Y hasta el año que viene, si Dios quiere.

