Una historia de más de dos mil años de antigüedad que nos sigue haciendo reflexionar sobre «los actuales retos de la humanidad y la falta de humanidad con la que los afrontamos», que trasciende más allá del sentimiento religioso porque nos habla de la condición humana: «frágil, social y empática». A modo de manifiesto poético, Cibrán Sierra, violinista del Cuarteto Quiroga, presentaba el concierto de Las siete palabras de Cristo en la cruz en versión para cuarteto de cuerda de Joseph Haydn haciendo mención a todos los desastres que han ocurrido en la historia de la humanidad desde Armenia hasta Ruanda, desde Auschwitz hasta las cunetas de nuestras carreteras, desde Ucrania hasta Gaza y demasiados más…
El primer gesto musical de los Quiroga fue una suspensión como un sobresalto, precedida de un aliento justo antes de afrontar las notas punzantes de la Introduzione que nos hacían cortar la respiración. Siempre con intención, siempre con imaginación, los Quiroga desgranaron esta música con una clarividencia y un instinto para contar historias magistral. Palabra tras palabra, fueron desplegando una gran paleta de sonidos siempre en perfecta sintonía con la emoción que hay detrás de cada uno de los siete movimientos lentos que conforman esta obra.
Cuando el arte une emoción y pensamiento
Los Quiroga representan una manera de hacer arte que une emoción con intelectualidad. El cuarteto de cuerda es tanto una expresión artística como una forma social que requiere la máxima democracia para existir. Nos enseña a unirnos en busca del bien común, en dar espacio a la personalidad mientras se vive la colectividad. En pocas formaciones musicales esto se vive tan intensamente.
Los Quiroga, que además de una carrera concertística de proyección internacional, son excelentes pedagogos, ayer nos dieron una clase magistral sobre el arte del cuarteto de cuerda. A través de su manera de tocar, trasluce su forma de ensayar. Así, bebiendo de las cuatro personalidades del cuarteto, hacen compatibles emoción e intelectualidad, espontaneidad y decisión, naturalidad y artificio, un sonido transparente y profundo, contención en el gesto e impulsividad, autoridad y complicidad.
Un clásico del paisaje sonoro menorquín
Las Siete Palabras de Haydn suenan cada año en Santa Maria de Mahón, es una música que forma parte del paisaje sonoro y la memoria de los menorquines. Ayer, en su versión para cuarteto de cuerda, paradójicamente sin palabras, la música sonaba llena de preguntas, muy cercana a la emoción y muy lejos de certezas dogmáticas.
Mi bisabuelo, Joan Cortès Camps, trompetista, decía que «no hay verdad más alta que la música, porque está hecha con el corazón». A mí ayer esto me hacía pensar qué habría pasado si los Evangelios se hubieran escrito en partitura, sin palabras mentirosas. Que quizás nos habríamos ahorrado una de las más mortíferas instituciones de la humanidad. Que de esta historia solo nos habrían llegado las emociones humanas, directas, para sentirlas y compartirlas con nuestra «frágil, social y empática» condición humana.
Seguramente un pensamiento utópico para acompañar el utópico arte del cuarteto de cuerda.

