En Barcelona tienen la Sagrada Familia y en Ciutadella tenemos la estación de autobuses. Hay obras que parecen condenadas a pasar de generación en generación sin llegar nunca a terminarse. La diferencia es que la Sagrada Familia, al menos, avanza.
En Ciutadella llevamos más de veinte años hablando de construir una estación de autobuses y, por suerte, después de dos décadas hemos conseguido llegar a un acuerdo sobre su ubicación en la avenida de Josep Mascaró Passarius. Ahora, antes de discutir si este es el mejor emplazamiento, quizás convendría dar un paso atrás y plantear una pregunta que a menudo queda en segundo plano: ¿para qué queremos, exactamente, una estación de autobuses?
Si la respuesta es que necesitamos sacar los autocares del centro, ordenar la movilidad y evitar que los vehículos pesados sigan entrando en Ciutadella, una ubicación perimetral tiene todo el sentido. Si, en cambio, lo que algunos quieren —grupos políticos incluidos— es que los autobuses lleguen hasta los Pins para que los visitantes bajen prácticamente a las puertas del centro histórico y pasen por delante de las tiendas y los restaurantes, entonces quizás no estamos discutiendo una cuestión de movilidad, sino una manera de entender la relación entre el turismo, el comercio y el espacio público.
Una oportunidad que Ciutadella perdió
Esto no quiere decir que uno considere que Mascaró Passarius sea la mejor ubicación posible. Por ejemplo, personalmente, creo que Ciutadella perdió una oportunidad cuando descartó la posibilidad de situar la futura estación en la zona de Dalt sa Quintana, conectándola con la ciudad mediante dos ascensores. No era una idea nueva: fue una propuesta defendida en su momento por la ya desaparecida agrupación Gent per Ciutadella, que quedó prácticamente sola en aquella apuesta.
Una estación en Dalt sa Quintana habría podido dar una nueva centralidad a un barrio que demasiadas veces queda fuera de los grandes proyectos de ciudad, mejorar la conexión con el puerto y ofrecer a quienes llegan a Ciutadella unas vistas excepcionales sobre el municipio. La instalación de dos ascensores habría permitido salvar el desnivel y facilitar el acceso al centro, aunque una propuesta de estas características también habría requerido estudiar su viabilidad técnica, económica y funcional. También es cierto que, dicho así, quizás es demasiado trabajo para una ciudad condenada a avanzar desde hace décadas a paso de tortuga, fruto de una administración débil y de una política demasiado centrada siempre en el corto plazo, en el día a día, y no en los grandes proyectos de futuro. Proyectos que, sin embargo, nunca llegan a estar consensuados debido a los intereses cortoplacistas de la mayoría de los políticos y grupos que nos han gobernado siempre.
La solución que tenemos sobre la mesa, en cambio, es una estación en la Vía Perimetral, junto al antiguo cementerio. No es la ubicación que yo habría elegido, pero conviene distinguir entre considerar que había alternativas mejores y defender que los autobuses deben seguir entrando en el centro. Una cosa no implica necesariamente la otra. Si el objetivo de construir una estación es ordenar la movilidad y reducir la presión de los vehículos pesados sobre el núcleo histórico, volver a llevarlos a los Pins sería, precisamente, desvirtuar una parte importante del sentido de la obra.
El visitante no es un paquete que debamos entregar en el centro
Uno de los argumentos que aparecen a menudo en esta discusión es que los autobuses deben continuar en los Pins porque así los visitantes bajan directamente al centro y pasan por delante de los comercios, los restaurantes y las tiendas. Es comprensible que el sector comercial se preocupe por la accesibilidad y por la actividad económica, pero resulta discutible que este factor deba determinar por sí solo la organización del transporte público de una ciudad.
Una estación de autobuses no debería funcionar como una máquina de repartir clientes. Su función principal es garantizar un transporte público eficiente, accesible y ordenado, no decidir delante de qué establecimiento deben bajar los visitantes. Quien llega a Ciutadella necesita poder acceder fácilmente al centro, pero esto no significa que el autobús deba llegar necesariamente hasta las murallas. Un itinerario cómodo, bien indicado, accesible y seguro, complementado con un servicio de conexión eficiente, puede resolver esta necesidad sin obligar a los vehículos de grandes dimensiones a circular por el núcleo urbano.
Quizás deberíamos confiar un poco más en la capacidad de los visitantes para descubrir la ciudad. El atractivo del centro histórico no depende de que un autocar deje a los pasajeros delante de la puerta de un negocio, sino de que estos encuentren una ciudad agradable para pasear, con un comercio vivo y unos espacios públicos que inviten a quedarse. La cuestión no es alejar a los visitantes, sino conseguir que lleguen bien y que se puedan mover por Ciutadella de una manera coherente con el modelo de ciudad que queremos.
Una estación periférica necesita una buena conexión
Si finalmente la futura estación se construye en Mascaró Passarius, no debería haber excusas para no resolver adecuadamente la conexión con el centro. No bastará con levantar un edificio y dar por terminada una reivindicación que se arrastra desde hace dos décadas. Una estación de transporte público solo funciona si está bien integrada dentro de la red de movilidad y si llegar a ella o salir de ella es fácil para todos.
Esto exige itinerarios para peatones accesibles, aceras anchas y sin obstáculos, buena señalización, sombra e información clara, así como un recorrido que una persona mayor, una persona con movilidad reducida o una familia con niños pueda hacer con normalidad. Y también exige estudiar una lanzadera frecuente y eficiente que conecte la estación con el centro y con los principales puntos de interés de la ciudad. No un servicio testimonial, sino una alternativa real que permita a los usuarios llegar a los Pins en pocos minutos sin tener que recurrir al vehículo privado.
Si la distancia entre Mascaró Passarius y el centro se considera un problema, la respuesta no tiene por qué ser necesariamente volver a llevar allí los autobuses. También puede ser mejorar la conexión entre la estación y el centro. Esta es, precisamente, la clase de cuestión que debería formar parte de una política de movilidad bien planificada: no limitarse a trasladar los vehículos de un lugar a otro, sino garantizar que el conjunto del sistema funcione mejor.
Ciutadella no termina en Els Pins
Quizás una parte del problema es que todavía pensamos en Ciutadella de una manera demasiado limitada, como si el centro histórico fuera toda la ciudad y todo lo que queda más allá de las murallas fuera una periferia prescindible. Esta visión condiciona muchas de las discusiones sobre movilidad y ayuda a explicar por qué cualquier infraestructura situada fuera del casco antiguo se percibe, a veces, como una solución menos conveniente.
Pero una ciudad no puede organizarse como si todos los desplazamientos tuvieran que terminar necesariamente en el mismo punto. Si queremos reducir el tráfico, la contaminación, el ruido y la congestión, especialmente durante los meses de verano, debemos aceptar que determinados vehículos no tienen que llegar hasta el centro y que es necesario ofrecer alternativas para que las personas puedan completar el trayecto con comodidad. De lo contrario, nos quejaremos de la presión de los vehículos sobre el espacio público mientras defendemos que sigan entrando porque es más cómodo para quienes llegan de fuera.
No parece muy coherente. Y, sobre todo, no parece una manera muy ambiciosa de planificar el futuro de Ciutadella.
El debate que deberíamos tener
Por eso, creo que el debate no debería plantearse como una confrontación entre Els Pins y Mascaró Passarius, ni siquiera entre el centro y la periferia. La cuestión de fondo es qué modelo de ciudad queremos y qué papel debe tener el transporte público. Si consideramos que el objetivo es reducir la presencia de los vehículos pesados dentro del casco histórico, necesitamos una estación bien conectada, itinerarios accesibles y un servicio que garantice que los usuarios lleguen al centro con facilidad. Si, en cambio, seguimos considerando imprescindible que los autobuses dejen a los visitantes en Els Pins para que pasen delante de los negocios, tendremos que reconocer que la prioridad es otra.
La movilidad urbana debe pensarse desde una perspectiva global, teniendo en cuenta las necesidades de los residentes, de los trabajadores, de los comerciantes, de los visitantes y de las personas con dificultades de movilidad. No se trata de oponer los intereses del comercio a los de la ciudad, porque un centro más accesible, agradable y pacificado también puede beneficiar la actividad económica. Se trata de evitar que una sola consideración, por legítima que sea, acabe determinando toda la política de movilidad.
Y esta misma reflexión es aplicable a la plaza des Born. Una plaza sin coches, con el tráfico restringido y destinada a los peatones no es un capricho urbanístico ni una cuestión que deba resolverse únicamente en función de los intereses particulares de 22 empresarios. Estos intereses pueden ser legítimos, pero la movilidad es una cuestión colectiva que afecta al conjunto de la ciudad. El debate debería ser qué uso queremos dar al espacio público y qué modelo de movilidad conviene a Ciutadella, no si los intereses particulares deben prevalecer sobre el interés general.
La lástima es que el Ayuntamiento no haya tenido suficiente músculo político y técnico para defender administrativamente una decisión que corresponde a un gobierno municipal legítimo dentro de sus competencias. La oposición tiene todo el derecho de cuestionar las decisiones del gobierno, y los particulares pueden recurrir a los tribunales para defender sus intereses. Pero la Administración también tiene la responsabilidad de tramitar las decisiones con suficiente rigor para que el procedimiento sea sólido y jurídicamente defendible. Cuando este trabajo falla, una decisión política puede quedar expuesta a una impugnación sin que esto implique necesariamente que el modelo que la inspira sea inadecuado.
El transporte público insular, la gran asignatura pendiente
Quizás haríamos mejor todos juntos si, en lugar de desgastarnos en discusiones sobre dónde deben bajar los autobuses, fuéramos capaces de unir esfuerzos para reclamar mejoras mucho más importantes para el conjunto de Menorca. Hace décadas que mantenemos un contrato de transporte público insular caducado y, durante más de una década, ni unos ni otros han sido capaces de sacar adelante una nueva licitación.
Y hay una cuestión que todavía resulta más preocupante: ¿por qué no se ha explicado claramente a la ciudadanía cuáles son las limitaciones del servicio actual? Mientras no haya una nueva adjudicación, el contrato vigente, en situación de precariedad administrativa, condiciona la posibilidad de introducir mejoras estructurales como más frecuencias, nuevas rutas o conexiones con el aeropuerto. Si estas actuaciones dependen efectivamente del nuevo contrato, conviene explicarlo con transparencia, en lugar de generar expectativas que después no se pueden cumplir.
Por tanto, señores políticos, quizás ya es hora de dejar de anunciar periódicamente mejoras que no se pueden materializar en las condiciones actuales. Sin una nueva licitación y una nueva adjudicación, muchas de estas promesas corren el riesgo de quedar en nada. Y si la tramitación todavía se alargará años, lo que necesita la ciudadanía no son más anuncios, sino explicaciones, responsabilidades y un calendario creíble.
Porque, mientras discutimos si los autobuses deben llegar hasta Els Pins o detenerse en Mascaró Passarius, Menorca sigue esperando un sistema de transporte público a la altura de las necesidades de sus residentes. Y esa sí que es una cuestión que debería unirnos a todos.
Por ello, aunque considere que Dalt sa Quintana habría sido una mejor oportunidad, si Mascaró Passarius es finalmente la ubicación de la futura estación, lo que toca es exigir que funcione: que esté bien conectada, que sea accesible, que disponga de una buena frecuencia de lanzadera y que permita llegar al centro en pocos minutos. Y, sobre todo, que no se convierta en una excusa para mantener indefinidamente los autocares dentro del casco histórico.
No necesitamos que el autobús nos deje en la puerta del centro. Necesitamos que Ciutadella sea una ciudad bien conectada, donde llegar desde cualquier punto sea fácil y donde la movilidad se planifique pensando en el funcionamiento del conjunto de la ciudad.
Porque, al fin y al cabo, una estación de autobuses no debe construirse para decidir ante qué tienda bajan los visitantes, sino para ordenar el transporte público y contribuir a que la ciudad funcione mejor.

