Hace ya diez años que, entre la ola del 15M y la efervescencia de Podemos, nació en Ciutadella un experimento valiente, una propuesta insólita en la política local: Gent per Ciutadella. Una agrupación de electores que no quería ser un partido, que quería huir de las estructuras tradicionales, de la jerarquía orgánica, para poder dar, sobre todo, la voz a la gente en los asuntos locales. Porque todos teníamos una idea potente en la cabeza: que la política debía volver a ser para mejorar, de verdad, la vida de la comunidad. De las personas.
Quisimos abrir el Ayuntamiento. Abrirlo física y simbólicamente. Era el momento de acabar con las puertas cerradas, las salas de juntas monopolizadas por los de siempre, las decisiones tomadas en reservados donde nunca entraba la luz. Quisimos, en definitiva, cambiarlo todo. Con honestidad. Con convicción. Visto desde hoy, quizás nos sobró ilusión y muchas veces nos faltó experiencia para saber jugar las cartas que teníamos.
Una apuesta radical y necesaria
Pero la apuesta que hicimos en aquel primer momento era radical en el mejor sentido de la palabra. Asambleas abiertas. Debates públicos. Transparencia. Decisiones colectivas. El gobierno de la plaza, no el de los despachos. Y por un instante, pareció que era posible. Durante dos legislaturas, y principalmente en la primera, donde fuimos decisivos para formar gobierno municipal, Gent per Ciutadella fue una voz a tener en cuenta entre las viejas armonías. Tres concejales que, sin haber pasado nunca por las escuelas de poder, hicieron política como es debido: desde el compromiso y la responsabilidad.
Nos equivocamos, seguramente sí. Pero desde la distancia no tengo ninguna duda de que sumamos más aciertos que errores. Aun así, es evidente que ante una propuesta de máximos como la que presentábamos nosotros, durante la presencia institucional de Gent x Ciutadella algunas voces se fueron apagando, al ver que quizás las esperanzas acababan demasiadas veces diluidas ante la misma burocracia y la estructura del sistema. En Ciutadella, siempre absolutamente reticente a cualquier cambio. El dilema al que hicimos frente siempre: oponerse con pureza o gobernar con contradicciones. Ser el espejo incómodo o formar parte del mobiliario. No tuvimos todas las respuestas. Pero hicimos preguntas que todavía hoy molestan.
Un legado que todavía resuena
No hicimos una revolución, pero sacudimos conciencias. Abrimos ventanas. Demostramos que se podía hacer política sin deudas con nadie, solo con la gente. Pusimos sobre la mesa propuestas valientes, desde el debate en torno a Sant Joan y la mujer, hoy desgraciadamente más apagado que nunca, a otras más pragmáticas como la ubicación de la estación de autobuses en Dalt sa Quintana, que pensaba Ciutadella no solo como ciudad, sino como comunidad. Como un lugar donde todo el mundo tiene su sitio.

