«En un mundo de algoritmos, aprender es conservar la capacidad de dudar.»
De repente, en las aulas de Menorca, la inteligencia artificial ha dejado de ser un concepto lejano para convertirse en una presencia cotidiana. Adolescentes que hace muy poco estudiaban con libros y apuntes tradicionales, hoy consultan ChatGPT con la misma naturalidad con la que antes buscaban en un diccionario.
Esta transformación me despierta una doble sensación: admiración e interrogantes. Admiración por la capacidad de adaptación de los jóvenes, e interrogantes sobre el sentido de aprender en un mundo saturado de información inmediata.
La filosofía nos recuerda que reconocer lo que no sabemos es el primer paso para entender. Sócrates lo expresaba con humildad: «solo sé que no sé nada». Quizás, ante la aparición de la IA, nuestra actitud debería ser la misma: detenernos, observar y preguntarnos qué queremos conservar y qué podemos transformar.
Me pregunto si seguiremos priorizando la memorización en una era donde las respuestas están a un clic. Y si sabremos transmitir a los más jóvenes que la verdadera sabiduría no consiste en acumular datos, sino en saber discernir, cuestionar, crear. Como advertía Kant, educar es formar personas capaces de pensar por sí mismas.
El gran reto es aprender a convivir con la tecnología sin perder la autonomía. Mantener viva la curiosidad genuina, el gusto por la duda, el arte de hacer buenas preguntas antes de aceptar respuestas fáciles, como defendía Hannah Arendt cuando subrayaba la importancia de pensar críticamente en tiempos de cambio.
Menorca, con su ritmo propio y su proximidad humana, podría ser un espacio privilegiado para esta reflexión. No se trata de correr detrás de la tecnología, sino de aprender a
Educar para evolucionar es, en esencia, mantener viva la capacidad de hacer preguntas, incluso en tiempos de máquinas inteligentes.
“Atrévete a saber” – Immanuel Kant

