Me llamo Luz. No es mi nombre real, pero podría serlo. Hace casi un año que vivo en Menorca y, durante todo este tiempo, he trabajado cada día sin existir del todo.
Llegué con un visado de turista. Una maleta pequeña y una decisión grande: quedarme. No por ninguna aventura, sino porque volver atrás no era una opción. Aquí encontré trabajo cuidando a un hombre mayor. Se llama Pedro.
Pedro ya no puede vivir solo. La salud le falla, las fuerzas también. Yo vivo en su casa. Duermo aquí, como aquí, estoy aquí siempre. No tengo horarios. No tengo fines de semana. Si Pedro llama por la noche, me levanto. Si se cae, estoy ahí. Si tiene miedo, le acompaño.
Lo hago con respeto y con afecto. También con cansancio. Pero, sobre todo, lo hago sin derechos.
No tengo contrato. No tengo nómina. No puedo alquilar un piso porque nadie alquila a alguien como yo. Estoy empadronada aquí porque no tengo otra dirección. No tengo vida propia. Mi vida es la vida de la persona a la que cuido.
Cada día bajo al supermercado. Pago. Consumo. Pago impuestos indirectos. Cojo el autobús. Realizo gestiones imposibles para abrir una cuenta bancaria. Formo parte de la economía real de esta isla, pero no formo parte de nada.
No puedo viajar. No puedo ponerme enferma. No puedo protestar. El miedo es constante: perder el trabajo, perder el techo, perderlo todo.
El hijo de Pedro dice que hay demasiados inmigrantes. Que vivimos de ayudas. Que colapsamos los servicios. Yo le escucho mientras preparo la comida de su padre y pienso que yo no cobro ninguna ayuda. Que yo sostengo, con mi cuerpo, una parte del sistema de cuidados que permite que muchas familias sigan funcionando.
Dicen que regularizar a personas como yo es un "efecto llamada". Yo solo conozco un efecto: el de la invisibilidad. El de un trabajo necesario que se hace en silencio, sin derechos y sin voz.
Ahora quizás esto cambiará. Si puedo demostrar que ya estaba aquí. Si puedo acreditar meses de presencia. Si no tengo antecedentes. Si no soy una amenaza. Como si cuidar cada día a una persona vulnerable fuera una amenaza.
Si llega la regularización, no me haré rica. No cambiaré de vida de un día para otro. Pero podré existir. Podré trabajar con contrato. Cotizar. Contribuir. Ir al médico sin miedo. Decir que vivo en Menorca sin bajar la voz.
Quizás algún día ayudaré a pagar la pensión de Pedro. Y también la de aquellos que hoy me niegan los derechos. Esa es la paradoja.
No pido privilegios. Pido normalidad. Porque cuando dar derechos se convierte en un acto revolucionario, el problema no somos nosotros.
Luz es un personaje ficticio construido a partir de testimonios y realidades habituales en el sector de los cuidados en Menorca. La imagen es ilustrativa.

