Hace unos días, el polémico cartel de Vox en Es Mercadal apareció pintado con dos frases contundentes: “Una sin fascistas”, referida a la España que queremos, y “nosotros también, Free Palestina”. La imagen original, que contraponía el rostro de una mujer con burka y el de una joven blanca sonriente, planteaba la pregunta: “¿Qué España quieres?”. Un mensaje que, con apariencia de inocente interrogante, escondía un trasfondo claramente xenófobo y antiinmigración.
El debate que abre este episodio no es nuevo: ¿cómo debe reaccionar una sociedad tolerante ante quienes predican la intolerancia?Popper y el límite de la tolerancia
El filósofo austríaco Karl Popper, en 1945, formuló lo que conocemos como la paradoja de la tolerancia: si una sociedad tolera sin límites a los intolerantes, estos acabarán destruyendo la tolerancia misma. La lección es clara: para preservar una comunidad abierta y democrática, debemos ser intolerantes con la intolerancia. No significa censurar opiniones incómodas o impopulares, pero sí reconocer y detener los discursos que niegan la dignidad y los derechos humanos de otras personas. El cartel de Vox es un ejemplo: no parece plantear un debate democrático legítimo, sino que señala a colectivos vulnerables, especialmente a los migrantes, como una amenaza. Ante esto, callar o mirar hacia otro lado es, de hecho, la historia nos lo ha demostrado, una forma de complicidad.El silencio de los cómplices
Así es, épocas pasadas nos recuerdan lo que ocurre cuando los intolerantes avanzan sin resistencia. Durante el nazismo, millones de personas no eran militantes fascistas, pero prefirieron callar. Aquel silencio permitió el avance del totalitarismo y el exterminio de millones de inocentes. Lo expresa de manera conmovedora esta cita: «Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó. Después se llevaron a los comunistas, pero como yo no era comunista, tampoco me importó. Más tarde se llevaron a los obreros, pero como yo no era obrero, tampoco me importó. Más adelante se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó. Después siguieron con los sacerdotes, pero como yo no era sacerdote, tampoco me importó. Ahora vienen por mí, pero ya es demasiado tarde.» Este texto nos interpela todavía hoy: ¿cuántas veces nos excusamos pensando que aquello no nos afecta directamente?Gaza, hoy
La guerra en Gaza es otro ejemplo vivo. Mientras miles de civiles mueren bajo las bombas, hay gobiernos y ciudadanos en todo el mundo que callan, que miran hacia otro lado o que, peor aún, justifican la masacre con argumentos de seguridad o intereses geopolíticos. Pero la indiferencia, de nuevo, se convierte en una forma de complicidad. Solo hace falta repasar las últimas declaraciones de dirigentes principalmente del Partido Popular en Madrid, mofándose, negando el genocidio en Gaza y ridiculizando a la ‘flotilla’.¿Qué hacer ante la intolerancia?
La respuesta de qué hacer entonces no es fácil. Popper advertía que no siempre hay que prohibir las ideas intolerantes, mientras podamos vencerlas con argumentos racionales y debate público. Pero también nos recordaba que hay un límite: cuando los intolerantes renuncian al diálogo y solo imponen con la fuerza, debemos defendernos. Un cartel vandalizado nunca es la solución al problema de fondo. Pero quizás sí simboliza una reacción personal ante un discurso que amenaza la convivencia. La verdadera respuesta debería venir de la ciudadanía, de los medios y de las instituciones: denunciar, desenmascarar y aislar políticamente a aquellos que, bajo el paraguas de la libertad de expresión, promueven el odio y la división. No hay otra.
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