De nuevo Ciutadella se prepara para la apoteosis de Sant Joan. Un año más. Todo se detiene. Y como cada año reaparece también el debate sobre la masificación, sobre la pérdida de autenticidad de las fiestas y sobre aquella sensación, cada vez más extendida, de que Sant Joan ya no es lo que era.
Probablemente sea cierto.
Pero tampoco Menorca es la que era.
Durante estas semanas volvemos a escuchar las mismas quejas. Que si hay demasiada gente. Que si las navieras traen a miles de visitantes. Que si se debería restringir la llegada de pasajeros. Este año, sin ir más lejos, el anuncio de seis barcos adicionales durante las fiestas ha vuelto a encender el debate.
Pero convertir estos seis barcos en la explicación de todo es tan tentador como insuficiente.
La realidad es que durante los últimos días de junio Menorca ya está llena de gente. Turistas alojados en hoteles, personas que ocupan viviendas vacacionales, propietarios de segundas residencias, visitantes de toda la isla y residentes que se desplazan hacia Poniente. Lo que sucede los días 23 y 24 no es tanto que llegue una avalancha extraordinaria de personas de fuera, sino que una gran parte de la gente que ya está en Menorca se concentra simultáneamente en Ciutadella.
Por eso resulta bastante simplista presentar a las navieras como las grandes responsables de la masificación. Si las navieras hacen negocio con Sant Joan, también lo hacen los hoteles, las viviendas vacacionales, los propietarios que alquilan casas durante estas fechas, los bares, los restaurantes y una parte muy importante de la actividad económica menorquina.
La pregunta es muy simple: ¿quién renuncia voluntariamente al negocio que genera Sant Joan?
La respuesta es evidente: prácticamente nadie.
Y es aquí donde la conversación se vuelve incómoda. Porque resulta difícil sostener que la masificación es un problema creado exclusivamente por los demás cuando prácticamente todo el mundo participa, directa o indirectamente, de los beneficios que genera.
Sant Joan se transforma. Pero no se transforma por culpa de seis barcos. Se transforma porque Menorca lleva décadas transformándose. Lleva décadas adaptando su economía, su territorio y buena parte de su actividad a la demanda turística. Lleva décadas compitiendo dentro de un mercado global. Lleva décadas convirtiendo su singularidad en un producto.
Aquí aparece otra paradoja. Durante años hemos repetido que Menorca era diferente, que no queríamos ser solo un destino de sol y playa y que ofrecíamos algo más. Sin embargo, cada vez nos cuesta más explicar qué nos hace diferentes. Hemos comercializado nuestra singularidad al mismo tiempo que la íbamos diluyendo.
Las fiestas de Sant Joan forman parte de este proceso. Son una de las principales imágenes con las que promocionamos Menorca. Aparecen en vídeos, reportajes, campañas institucionales y contenidos promocionales. Las utilizamos como uno de los grandes elementos diferenciales de la isla.
Por eso resulta sorprendente indignarse cuando esta promoción funciona.
No se puede vender una fiesta al mundo y después enfadarse porque el mundo quiera venir a verla.
También es interesante observar que muchas veces el debate sobre la masificación no gira tanto en torno al número de personas como a quién ocupa los espacios más emblemáticos de la fiesta. La preocupación aparece cuando cuesta entrar al Caragol des Born, cuando se hace difícil acceder al Pla o cuando los ciudadanos de Ciutadella dejan de disfrutar de la posición privilegiada que tradicionalmente habían tenido.
Quizás lo que muchos reclaman no es tanto una reducción de la masificación como una cierta preferencia local dentro de la masificación. Es una aspiración legítima, pero conviene llamar a las cosas por su nombre.
En este contexto aparecen propuestas como la de organizar grandes conciertos o actividades alternativas fuera de los espacios centrales de la fiesta para desviar a una parte de los visitantes. La idea es curiosa porque pone de manifiesto una contradicción evidente. Durante años hemos utilizado Sant Joan como reclamo para atraer personas a Menorca y, cuando estas personas llegan, planteamos ofrecerles experiencias alternativas alejadas precisamente de aquello que les ha hecho venir.
Además, estas propuestas no eliminan la masificación, simplemente la trasladan. Un gran concierto también requiere seguridad, servicios sanitarios, limpieza, movilidad, controles y recursos públicos. El problema no desaparece; simplemente cambia de lugar.
Todo ello revela una actitud muy extendida. Queremos conservar los beneficios económicos que genera la llegada de visitantes, pero intentamos reducir al mínimo las consecuencias que esta llegada conlleva. Queremos los ingresos, pero no las incomodidades. Queremos los beneficios del turismo sin los turistas.
Y aquí llegamos al debate que realmente seguimos evitando. No es una cuestión de seis barcos ni de dos días de junio. Es una cuestión de modelo.
Cuántos visitantes puede asumir Menorca? ¿Cuántos vehículos? ¿Qué crecimiento estamos dispuestos a aceptar? ¿Y qué renuncias estamos dispuestos a asumir?
Porque limitar barcos durante dos días es relativamente fácil. Cuestionar un modelo económico del cual vivimos todos es bastante más complicado.
Y mientras este debate no llegue, continuaremos repitiendo cada Sant Joan la misma escena: señalando culpables externos, beneficiándonos de la masificación y lamentándonos después de las consecuencias que nosotros mismos contribuimos a generar.
Es el mercado, amigo.

