Cuando se acerca Sant Joan, Ciutadella cambia.
Las calles se llenan, los amigos vuelven a casa, las emociones afloran y la ciudad recupera esa energía única que solo existe durante unos días al año.
Sin embargo, entre toda esta ilusión, cada vez hay más ciutadellencs que se hacen una pregunta incómoda:
¿Sant Joan sigue siendo nuestro?
Porque la fiesta que durante generaciones nos ha definido como pueblo es hoy más multitudinaria que nunca. Y, paradójicamente, también más difícil de vivir para muchas de las personas que la han heredado, amado y mantenido viva.
La cuestión de fondo no es si la fiesta debe adaptarse a los nuevos tiempos.
La cuestión es otra.
Cada año resulta más difícil vivir una fiesta que, en esencia, debía ser nuestra.
Cuando la fiesta se vuelve inaccesible
Vivir Sant Joan tal como lo conocíamos año tras año resulta más utópico. La masificación ha convertido muchos actos en espacios prácticamente impracticables. Y es aquí donde surge la pregunta: ¿hasta qué punto debemos aceptar perdernos a nosotros mismos en beneficio del turismo?
Es evidente que Sant Joan se ha convertido en un reclamo turístico de primer orden. El problema, sin embargo, no es solo la cantidad de gente que llega, sino también el modelo que hemos acabado fomentando. No hablamos de un visitante interesado en conocer la cultura y las tradiciones locales, sino de un turismo que ve la fiesta como una excusa para descontrolarse.
Durante unos días, Ciutadella corre el riesgo de convertirse en una especie de Magaluf para los nacionales: miles de jóvenes que vienen a celebrar el final del curso y que, como consecuencia, acaban desvirtuando el espíritu de una fiesta que tradicionalmente ha sido familiar y popular.
Cada bienio oímos decir a un 'caixer senyor' diferente que en el Pla falta gente. Quizás la pregunta correcta es otra: ¿qué gente falta?
Para muchas personas, especialmente las mayores, pero no solo ellas, asistir a los 'Jocs des Pla' o a otros actos emblemáticos se ha convertido en un recuerdo cada vez más lejano. La misma situación se repite en el 'Caragol des Born' y en otros momentos centrales de la celebración que hasta hace poco eran medianamente accesibles.
Y no, no se trata de rechazar a quien viene de fuera. Sant Joan siempre ha sido una fiesta abierta.
El problema aparece cuando la presión es tan grande que los propios ciutadellencs tenemos dificultades para participar en ella y disfrutarla.
¿Quién debería proteger la fiesta?
Ante esta realidad, es inevitable preguntarse por qué las administraciones no actúan con más determinación. Evidentemente, el impacto económico de la fiesta es importante. ¿Pero es más importante que el bienestar del pueblo? ¿Realmente sería tan difícil reservar determinados espacios o establecer mecanismos que garantizaran una presencia mínima de residentes de Menorca en algunos actos? ¿Hace falta que lleguen barcos con hordas de gente durante una semana?
Lo que reclama la gente no es ningún privilegio extraordinario. Simplemente, pide poder seguir formando parte de aquello que le es propio. No se trata de excluir a nadie, sino de evitar que quienes han heredado y mantenido esta tradición acaben convertidos en espectadores de su propia fiesta.
Como ya he dicho, considero que el problema no recae sobre el número de personas que haya en Ciutadella los días 23 y 24 de junio. Por eso, aunque es clave tener en cuenta el número de visitantes, sobre todo deberíamos hablar de su gestión.
Sí, está muy bien que en la plaza des Born no se dejen entrar botellas de plástico y que se ponga un límite de aforo, pero quizás ha llegado el momento de plantearnos si estos mecanismos también deberían servir para proteger la participación de los menorquines.
El riesgo de conservar una fiesta vacía
Porque una tradición no se conserva solo repitiendo los mismos rituales año tras año. Se conserva cuando las personas que le dan sentido pueden seguir viviéndola.
Aunque hagamos un gran esfuerzo por no perder la fiesta, si quienes realmente la disfrutamos no podemos hacerlo, nos encontramos con unas tradiciones persistentes pero vacías de significado.
De poco sirve mantener intactos los actos si cada vez hay menos ciutadellencs que los pueden disfrutar o personas que realmente comprendan toda su dimensión.
El futuro de Sant Joan es incierto, y probablemente no hay soluciones fáciles. Pero sí que hay una idea que debería ser irrenunciable: los ciutadellencs no podemos quedar relegados a un segundo plano dentro de nuestra propia fiesta.
Los jóvenes de Ciutadella también merecemos vivir Sant Joan como lo vivimos cuando éramos niños.
Porque las tradiciones no mueren cuando desaparecen los rituales.
Mueren cuando las personas que les dan sentido dejan de poder vivirlos.
Y la pregunta, al final, es muy simple:
Si los ciutadellencs acabamos sintiéndonos extranjeros dentro de nuestra propia fiesta, ¿qué es exactamente aquello que estamos preservando?
Margarita Mercadal Juan

