Llega un punto en la vida de la mayoría de los jóvenes menorquines en el que la idea de marcharse a estudiar es inminente. Aunque la mayoría lo hace dirigiéndose a la capital catalana, muchos de nosotros, especialmente en los últimos años, nos decantamos por partir hacia lugares castellanos del país. Lo hacemos sabiendo que las diferencias culturales y lingüísticas serán grandes, pero ignorando que nos podamos sentir un poco juzgados por ellas.
Una realidad que en casa parece segura
Menorca hoy en día es uno de los territorios que más conserva el catalán —o menorquín, término que emplea gran parte de aquellos que quieren sentir una separación entre nosotros y los peninsulares—. En Ciutadella lo escuchas tanto entre personas mayores como entre los más pequeños, y en nuestras cabezas, pocas veces ponemos en duda que esto que para nosotros es una realidad, para otros pueda llegar a ser una amenaza.
Cuando la lengua pasa a ser "eso que hablan en su casa"
Ahora bien, una vez llegas a la península con tan solo dieciocho años te das cuenta de que esta realidad que dabas tanto por segura en casa, se ve pendiendo de un hilo. En Barcelona que te atiendan en catalán en una cafetería es tanta suerte como que te toque la lotería de Navidad, pero el choque más grande viene cuando te desplazas más hacia el interior, donde la lengua deja de ser cooficial para ser considerada un idioma de segunda, "eso que hablan en su casa".
La catalanofobia que no te esperas
Fue llegar a Madrid y poder tocar de primera mano una cierta catalanofobia, muchas veces camuflada, que hay por toda España. Muchos de nosotros pensaríamos que este miedo por una cultura "invasora" crece dentro de los círculos más conservadores; la sorpresa viene dada cuando parte de aquellos que abogan por la libertad de expresión y opinión. Profesores de una universidad pública me han llegado a decir que una educación exclusivamente en catalán nos hace estar más "atrasados" académicamente que nuestros compañeros castellanos —cosa que me resulta irónica, porque si no hubiera mencionado que era de Menorca, no habrían sospechado nada—.
De gente más joven, en cambio, he podido encontrar la incomprensión de por qué no hablamos en español en clase o, incluso, el desconocimiento de que las Islas Baleares son catalanohablantes. Seguidamente —y es un hecho que ya no me sorprende—, de parte de aquellos valencianos, sobre todo los educados en centros privados, siempre he oído decir que se trata de dos lenguas totalmente diferenciadas; ellos, que ni siquiera lo hablan en casa, consideran que el valenciano no tiene nada que ver con aquel territorio que se quiere independizar.
Lengua, cultura e ideología: una confusión interesada
Es evidente que la lengua va ligada a una cultura, pero esto no implica necesariamente una ideología. Para un joven que sale de casa por primera vez, este choque puede ser duro. El rechazo hacia todo aquello relacionado con Cataluña es real dentro del territorio español, incluso hacia aquellos catalanes y menorquines que se consideran españoles y aman a su patria. Para algunos, el simple hecho de pensar o soñar en otro idioma ya es visto como una amenaza.
Cohesión o reducción de la diversidad?
En general, aquellos que se consideran más abiertos intentan explicarte que, por el bien de la cohesión, el catalán debería quedar reducido al ámbito familiar. Para ellos no se trata de ninguna imposición, sino de un "pragmatismo" inconsciente que acaba convirtiéndose en una especie de supremacismo cultural.
se vende como cohesión lo que es, en realidad, reducción de la diversidad.
Se suele justificar diciendo que, por el bien comunitario, deberíamos impartir todas las asignaturas en castellano y dejar el catalán como una lengua secundaria, ya que "solo lo habláis allí". Si nos moviéramos por el número de hablantes, el mundo solo debería hablar chino.
Una lengua es memoria
Una lengua no es solo el vehículo con el que pensamos: también es memoria y es cultura. En la administración pública, la presencia del catalán no es una nimiedad. Una persona mayor con Alzheimer puede olvidar todos los idiomas menos aquel que hablaba con su madre, y por eso es clave que médicos y enfermeros puedan comunicarse con todo el mundo.
Una lengua no es solo el vehículo con el que pensamos: también es memoria y es cultura.
Lo que se da por seguro también se puede perder
En definitiva, este texto no es más que una reflexión, orientada hacia la lengua, sobre el hecho de que muchas veces damos por supuesto lo que tenemos; de que muchas veces pensamos que, como todos nosotros hablamos el mismo idioma, no debemos temer que se pierda.
Esto es, sin embargo, un pensamiento totalmente erróneo: un derecho es muy fácil de perder, más si tienes una mayoría en contra de lo que es tuyo, más si pensamos que es intocable y no hacemos nada para combatirlo.
No confundir cohesión con renuncia
Considero que es clave no ceder ante el castellano en un intento de falsa cohesión; saber más idiomas abre puertas, nos hace más ágiles mentalmente y nos mantiene unidos a nuestra cultura y raíces. Hagamos que Menorca siga siendo un lugar resiliente, fruto de una insularidad que nos ha beneficiado haciendo que no perdamos aquello que nos define. No dejemos que, por mucho que venga gente de fuera o gente del norte, perdamos la identidad de nuestra tierra.

