Podría parecer el título de un artículo de ocasión debido a las vacaciones. Podría ser un entretenimiento para pasar un rato sobre este tiempo sin trabajo. No es así.
El encabezamiento de este artículo se refiere a unas reflexiones que hace uno de los filósofos más leídos del mundo, Byung-Chul Han, en su libro Vida contemplativa. Han es quizás más conocido por otros títulos como La sociedad del cansancio o No-cosas.
Este libro, posterior, nos invita a reflexionar sobre una nueva forma de vida basada en el hecho contemplativo, que nos puede ayudar a afrontar las crisis actuales del modelo capitalista, frenar la autoexplotación y la destrucción de la naturaleza.
La inactividad como valor
La inactividad no es concebida por Han como una pausa dentro del trabajo ni como un descanso que solo tiene sentido en la lógica del trabajo productivo. No es un simple no-trabajo. Tiene valor por sí misma, independientemente de que haya o no actividad laboral que la condicione.
El autor pone como ejemplo la figura del flâneur, aquel personaje de finales del siglo XIX que paseaba sin rumbo por las calles, abierto a las experiencias que su vagar le proporcionaba. Es dejarse llevar por el devenir de las cosas, sin fijarse un objetivo.
Suspender la intencionalidad
Entendida la actividad como una acción dirigida a una finalidad determinada, lo que nos propone Han es la suspensión de la intencionalidad. Tal como el juego o la danza, formas de expresión completamente liberadas del "para algo", que comienzan y terminan en ellas mismas.
En esta suspensión de la actividad está el origen del arte y de la creatividad humana. El pintor ideal —dirá Han— hace que repose toda actividad intencionada y permite que todo acontezca por sí mismo.
«El pintor transporta inconscientemente el paisaje al lienzo. Igualmente, los hombres inventivos necesitan tiempo para que su actividad se despliegue sin finalidades ni reglas prefijadas».
Perder el tiempo para ganar sentido
La suspensión del tiempo es un factor esencial de la inactividad. Perder el tiempo se convierte casi en un requisito para disfrutar de la plenitud de la vida.
En esta sociedad del rendimiento, impulsada por el afán de producir constantemente, hemos menospreciado prácticas que requieren tiempo: la fidelidad, la responsabilidad, la promesa, la confianza, el compromiso.
En la sociedad de la información acumulamos datos, pero no relato. Estamos muy bien informados, pero carecemos de orientación. Tenemos una suma de datos sin contenido simbólico, sin un hilo que los una.
Byung-Chul Han nos transporta a un mundo donde la inactividad se convierte en el verdadero camino hacia la plenitud.
La fiesta, el arte y la comunidad
Ante la obligación constante de producir y comunicar que impone el régimen neoliberal, Han reivindica la pausa contemplativa: una inactividad que no persigue ninguna meta ni produce nada.
El arte, la cultura, el ornamento y la poesía son formas de fiesta que detienen el tiempo. No necesitan objetivos. Suspenden el lenguaje como información y lo convierten en contemplación y alabanza.
Y toda celebración es comunidad: un sentimiento de nosotros que contrasta con el aislamiento de la sociedad digital, centrada en un yo productor y emisor.
Naturaleza y contemplación
Han recupera el espíritu del Romanticismo en relación con la naturaleza. Esta está libre de metas y de utilidad. Violentamos la naturaleza cuando la consideramos un recurso.
El anhelo de conexión con la naturaleza y con el universo solo puede darse en comunidad, y solo es posible desde la inactividad.
Una invitación final
Para hacer frente a un sistema que nos exhorta a rendir cada vez más, Han recurre incluso a San Gregorio: la vida activa debe conducir a la contemplación, y la contemplación debe devolvernos a la actividad.
Este libro sugiere reflexionar sobre muchos aspectos de la condición humana. Si tenéis la oportunidad de estar inactivos, perded el tiempo. Dedicaos a la contemplación y dejaos llevar por su relato.
Por Andreu Bosch

