No recuerdo cómo fue, hace ya unos años, que fuimos, con la familia de mi mujer, al teatro de la Biblioteca de Cataluña en Barcelona a ver la obra Incendios de Wajdi Mouawad, puesta en escena por la compañía La Perla29 y dirigida por Oriol Broggi.
Lo que sí recuerdo es que me impresionó mucho; la disfrutamos y la sufrimos. Poco tiempo después la leí, junto con las otras tres obras —Litoral, Bosques i Cielos— que forman la tetralogía La sangre de las promesas.
“La fuerza de lo que está escrito en estas páginas es tan profunda que las palabras, las frases y las imágenes quedan grabadas con una brutalidad inaudita en el corazón de quien las lee”, dirá el director.
Un nuevo descubrimiento
De casualidad, hace unos días, en la librería vaDllibres me topé con una nueva obra suya, Todos pájaros, y no dudé en llevármela.
Esta obra ya se había estrenado en Barcelona en el mismo espacio y por la misma compañía. Ahora la reponen, con todas las entradas agotadas, y próximamente realizarán una gira por toda Cataluña.
Wajdi Mouawad es actor, cineasta y uno de los dramaturgos y escritores de expresión francesa más relevantes del panorama actual. Nacido en el Líbano, la guerra civil obligó a su familia a refugiarse en Beirut y posteriormente a emigrar a Francia y a Quebec, donde obtuvo la nacionalidad canadiense.
El conjunto de su obra, que lo ha convertido en un autor de renombre internacional, le ha valido el Gran Premio de Teatro de la Academia Francesa. Con la novela Ánima ha obtenido diversos premios de prestigio. Desde 2016 dirige el Teatro Nacional de La Colline, en París.
La trama de «Todos los pájaros»
Eitan, el protagonista de Todos pájaros, es un judío alemán que investiga sobre el ADN en Nueva York. Allí se encuentra con Wahida, una joven árabe que realiza una tesis sobre un manuscrito de Hassan al-Wazzan, conocido como León el Africano, diplomático marroquí nacido en Granada y convertido al cristianismo.
Ambos viajan a Israel en busca de los antepasados de Eitan. Cuando iban a cruzar el puente que los llevaba a Cisjordania, un atentado terrorista hiere gravemente a Eitan y lo deja en coma.
Wahida se ve en la tesitura de comunicar a los padres de Eitan, residentes en Alemania y que no aprueban la relación de su hijo judío con una árabe, la grave situación en la que se encuentra. El drama se desarrolla en pleno conflicto entre Palestina e Israel.
En una visita anterior de los padres a Nueva York, con motivo de la Pascua judía, ya se había producido una fuerte discusión entre Eitan y su familia por la relación con Wahida, en presencia del abuelo paterno.
Norah, la madre —judía pero hija de una familia de comunistas del Este— le dirá: “No hay nadie, ni una sola tribu, que pueda soportar ver a su hijo sentarse a la mesa con el enemigo”.
Conflicto de identidades
La guerra entre árabes e israelíes, tan de actualidad desgraciadamente, está en el sustrato de la acción dramática. Pero más allá del conflicto bélico está el choque de identidades. ¿Qué es ser judío? ¿Qué es ser árabe?
David, el padre, dirá al hijo: “Hay otra ley, más antigua, ancestral, que brota de la sangre de los nuestros y que nos hace responsables los unos ante los otros”.
Y Eitan responde: “No es la carne ni la sangre, es la cabeza, es la psicología, una educación de mierda, culpabilizadora, que esconde la vida...”.
Wahida dirá: “He caminado sin ir a ninguna parte entre el polvo de Palestina y he tenido la sensación de que volvía a casa. De noche era la guerra, al alba enterrar a los muertos... Nadie quiere consolarse. La cólera hay que mantenerla viva”.
Y añade: “Hace tres años que me muero de aburrimiento con una tesis que quiere demostrar lo peligroso que es enclaustrarse dentro de un principio de identidad... ¡como si yo estuviera libre de ello!”.
El amor y las identidades
La identidad judía choca con el amor, con el amor entre padres e hijos.
Eitan afirma: «¡Es que a mí me da igual que mis hijos no sean judíos!». Y David responde: «Participas en la desaparición y no te da vergüenza; insultas la memoria de tu abuelo».
Pero también dirá David: «Dios hizo de este primer día un día único, para que por siempre los padres amen a los hijos con un amor que precede a todas las cosas».
Y choca también el amor de los amantes con la identidad árabe. Wahida lo expresa así: «El atentado lo hizo añicos todo y los espejos se han roto, y lo que queda es tan sencillo como insoportable: yo soy árabe. Es una lástima, ¿verdad? Tu padre tenía razón, Eitan».
Es difícil seleccionar fragmentos de este texto extraordinario, a la vez filosófico y poético, donde se tratan temas como la culpa, los orígenes, la transmisión de la identidad y de la cultura, los choques identitarios, los horrores de la guerra, el rencor inacabable, el éxodo y el exterminio del pueblo judío, el integrismo religioso, el dolor y el amor.
Y los pájaros del azar planeaban sobre el muro que separa a los pueblos, ahora a un lado, ahora al otro.
Sería un regalo —y a la vez un reto— que el Teatre des Born pudiera ofrecernos una obra como esta, que además dura tres horas y media.

