MACARELLETA, HORIZONTE 2030: PROHIBIDO BAÑARSE. FOTOS PERMITIDAS.

Por un momento, imaginemos que estamos en el verano de 2030. Macarella sigue siendo preciosa. Quizás incluso más que ahora. El agua es transparente, la arena blanca, los acantilados siguen allí y las fotografías que se hacen de ella siguen siendo perfectas. Solo hay una diferencia: ya no puede entrar todo el mundo.

Mike Sierra
15 min de lectura

El acceso a la playa está regulado por turnos. Hay un número máximo de visitantes cada día. No se permite bañarse. Tampoco hacer pícnic. Los barcos no pueden entrar en la cala y los visitantes solo pueden permanecer un tiempo determinado antes de dejar paso al siguiente grupo.

No es una ocurrencia. Es una medida de conservación.

Y no, no estoy hablando de Macarella.

Estoy hablando de Maya Bay, en las islas Phi Phi, en Tailandia.

Hace unos días, el periodista de viajes Paco Nadal explicaba en El País qué ha pasado con este lugar, convertido en un icono mundial tras el estreno de La playa, la película del año 2000 protagonizada por Leonardo DiCaprio. Aquello que había sido una bahía paradisíaca se convirtió en un destino turístico masificado hasta el punto de que el Gobierno tailandés decidió cerrarla durante casi cuatro años para permitir la recuperación de la flora, los corales y la fauna marina. Hoy Maya Bay vuelve a estar abierta, pero con restricciones: un máximo de 4.000 visitantes diarios, entrada por turnos, una estancia máxima de una hora y prohibiciones como bañarse o hacer pícnic. Durante los meses de agosto y septiembre, además, la bahía cierra temporalmente para dar un descanso al ecosistema.

Leyendo el artículo de Nadal pensé inmediatamente en Menorca.

Y, más concretamente, en Macarella y Macarelleta.

No porque las dos situaciones sean hoy comparables. No lo son. Sería exagerado y poco riguroso decirlo. Pero porque hay una pregunta que nos conviene hacernos antes de que sea demasiado tarde: ¿cuál es el punto a partir del cual un lugar deja de poder ser disfrutado como paisaje y pasa a tener que ser administrado como un recurso frágil?

Es una pregunta incómoda porque durante décadas hemos hablado de Menorca como si su principal virtud fuera precisamente que todavía no había llegado a ser como otros destinos. La Reserva de Biosfera, las playas, el paisaje, el Camí de Cavalls, las canteras, los pueblos, las fiestas, las calas... Todo aquello que vendemos al mundo como el valor diferencial de la isla es, al mismo tiempo, aquello que más fácilmente podemos acabar erosionando si convertimos el éxito turístico en una carrera sin final.

Macarelleta es probablemente uno de los ejemplos más evidentes de esta contradicción.

En el año 2010, Estrella Damm convirtió Menorca en el escenario de uno de sus anuncios más recordados. El spot comenzaba en Cadaqués y conducía a los protagonistas hasta Ciutadella y después por algunos de los paisajes más emblemáticos de la isla, entre ellos Macarelleta, Binibèquer, la Vall y otros lugares. El anuncio tuvo una enorme repercusión y, con el tiempo, Macarelleta se convirtió aún más en una de las imágenes icónicas de Menorca.

La historia tiene cierta ironía.

Primero convertimos el paraíso en una imagen. Después convertimos la imagen en un destino. Y ahora nos toca decidir cómo evitamos que el destino acabe destruyendo el paraíso.

No es una cuestión menor ni una discusión entre partidarios y detractores del turismo. Menorca vive del turismo y sería absurdo negarlo. El debate importante es otro: ¿qué volumen de turismo puede asumir la isla sin empezar a perder aquello que hace que la gente quiera venir?

Los datos obligan, como mínimo, a plantearse la pregunta.

Según los datos difundidos este año por el GOB, el número de turistas que visita Menorca ha aumentado aproximadamente un 80 % en quince años. La entidad calcula, además, unas 114.000 plazas turísticas entre alojamientos hoteleros, apartamentos y viviendas, incluyendo oferta autorizada y no autorizada.

El OBSAM, desde una perspectiva más amplia y con datos económicos, describe una economía insular que sigue manteniendo un volumen turístico elevado, pero que al mismo tiempo afronta limitaciones estructurales relacionadas con la vivienda, la mano de obra y la movilidad. El organismo señala también que la presión turística se concentra especialmente durante el tercer trimestre y que el uso intensivo de las infraestructuras genera tensiones sociales y territoriales.

La misma serie histórica del OBSAM sobre el recuento máximo de personas en las playas permite observar esta evolución en dos de los espacios más emblemáticos de Menorca. En Macarella, el máximo registrado pasa de 539 personas en 2001 a 1.090 en 2025. Pero hay un dato especialmente significativo: entre 2010 y 2011, justo después de la emisión del anuncio de Estrella Damm, el recuento máximo pasa de 600 a 1.501 personas, un incremento de 901 personas, aproximadamente un 150 % en un solo año. En el caso de Macarelleta, el recuento pasa de 155 personas en 2001 a 471 en 2025. Son datos de máximos registrados y no permiten atribuir causalidad a una única campaña publicitaria, pero sí muestran la evolución de la presión máxima sobre estos dos espacios a lo largo de las últimas décadas.

Y la vivienda es probablemente una de las expresiones más evidentes de esta tensión. El OBSAM señala que, entre 2011 y 2021, el número de viviendas principales de Menorca prácticamente no creció, mientras que las viviendas no principales aumentaron un 46 %. En 2021, solo el 62 % del parque de viviendas era vivienda principal.

No es solo una cuestión de turistas en la playa.

Es una cuestión de modelo de isla.

Porque la saturación no se produce únicamente cuando llegas a una cala y no hay sitio para poner la toalla. También aparece cuando el residente no puede encontrar vivienda, cuando los servicios deben dimensionarse para una población que se multiplica estacionalmente, cuando las carreteras se colapsan, cuando los acuíferos sufren, cuando la gestión de los residuos se complica o cuando una actividad económica necesita cada vez más trabajadores, pero estos trabajadores no pueden encontrar un lugar donde vivir.

¿QUÉ ESTAREMOS DISPUESTOS A PROHIBIR MAÑANA?

Esto es lo que hace interesante el caso de Maya Bay.

Porque la lección de Tailandia no es que el turismo sea malo. La lección es que un territorio puede llegar a un punto en que conservar su principal atractivo exija limitar precisamente la actividad que lo ha convertido en un éxito.

Y aquí es donde aparece la ficción.

HORIZONTE 2030

Imaginemos que en 2030 el Gobierno de las Islas Baleares anuncia el Plan de Conservación de Macarella y Macarelleta.

Durante los meses de julio y agosto, el acceso queda limitado a un número determinado de personas. Los visitantes entran por franjas horarias. No se puede permanecer en la playa más de una hora. Los barcos deben atracar fuera de la cala. No se permite el baño porque el objetivo es reducir la presión sobre el ecosistema. Las fotografías, eso sí, están permitidas.

El paraíso sigue abierto.

Pero solo por turnos.

Es una ficción, naturalmente.

Pero es una ficción basada en una pregunta perfectamente real: ¿qué estaremos dispuestos a prohibir mañana porque hoy no hemos querido limitar el crecimiento?

Y quizás esta sea la cuestión que Menorca debería empezar a discutir seriamente.

Porque siempre es más fácil poner una barrera cuando todavía no es imprescindible que ponerla cuando ya no queda ninguna otra alternativa.

Durante demasiado tiempo hemos confundido la capacidad de crecer con la capacidad de sostener el crecimiento. Son dos cosas diferentes. Una isla finita puede aumentar el número de visitantes, de alojamientos, de coches, de piscinas, de vuelos y de consumos durante años. El problema es que sus recursos físicos no crecen al mismo ritmo.

El agua no aumenta porque aumente la demanda. La superficie de las playas tampoco. Las carreteras no se ensanchan automáticamente. Y Macarelleta sigue teniendo exactamente la misma superficie de arena que tenía cuando casi nadie fuera de Menorca sabía situarla en un mapa.

Esta última idea merece una pausa.

Macarelleta no puede crecer. Nosotros sí.

Y esta es probablemente una de las contradicciones más sencillas y más importantes del debate turístico menorquín.

El anuncio de Estrella Damm de 2010 contribuyó a convertir determinados paisajes de Menorca en iconos globales. No es una crítica al anuncio. Era publicidad e hizo exactamente aquello que debía hacer: convertir una experiencia en deseo. El problema es que hoy tenemos una capacidad tecnológica y turística para transformar este deseo en millones de visitas en muy poco tiempo.

En 2010 todavía parecía posible que aquella imagen de Macarelleta fuera simplemente una postal.

Hoy sabemos que las postales también pueden tener consecuencias.

Y quizás aquí hay otra ironía: el último anuncio de Damm rodado en Menorca volvió a utilizar Macarelleta como uno de los escenarios de su historia. En 2025, la marca presentó 'El mismo de siempre', un anuncio que volvía a situar a Menorca en el centro de su campaña de verano y que recuperaba varios de los paisajes y elementos que forman parte del imaginario turístico de la isla.

«El mismo de siempre».

Quizás es una de las frases que mejor resume el dilema.

Porque lo mismo de siempre ya no existe.

La Menorca que aparece en aquellas imágenes sigue existiendo, sí. Pero las condiciones que permitían vivirla de aquella manera han cambiado.

Y si no lo asumimos, corremos el riesgo de hacer algo extraño: seguir vendiendo al mundo una experiencia que nosotros mismos ya no seremos capaces de garantizar.

No sería la primera vez.

Maya Bay es el ejemplo perfecto de un lugar que pasó de ser un paisaje a ser una fotografía, de la fotografía a un icono y del icono a un problema de gestión. Ahora es necesario reservar hora para verlo, limitar el tiempo de estancia y, durante una parte del año, cerrarlo para que se recupere.

No sabemos si Macarella llegará nunca a este extremo. No lo podemos afirmar. Y sería irresponsable presentarlo como una predicción.

Lo que sí sabemos es que Menorca ya dispone de suficientes indicadores para entender que el debate sobre los límites no es una manía de unos cuantos ecologistas ni una discusión estética sobre si hay demasiada gente en la playa.

Es una cuestión de planificación.

De política.

De modelo económico.

Y, sobre todo, de futuro.

Por eso quizás el objetivo no debería ser llegar a 2030 y tener que explicar a nuestros hijos que Macarella sigue intacta, pero que solo pueden entrar durante una hora y no se pueden bañar.

Quizás el objetivo debería ser llegar a 2030 y poder decir algo mucho más sencillo: que fuimos capaces de entender a tiempo que una isla no es una fábrica de visitantes, que una playa no es una fotografía infinita y que la mejor manera de conservar el paraíso no es cerrarlo cuando ya está saturado, sino ponerle límites antes de que deje de ser el paraíso que vendemos.

Eso exigiría una política de altura.

No una política que reaccione cada verano ante el colapso de las carreteras, las colas en las playas o los problemas de agua. Una política capaz de mirar diez o quince años adelante y preguntarse no cuántos turistas podemos conseguir, sino cuántos podemos asumir sin comprometer la vida de quienes viven aquí y el territorio que los ha hecho venir.

Porque quizás la gran pregunta de Menorca ya no es cuántos visitantes queremos.

La gran pregunta es qué lugar queremos que encuentren cuando lleguen.

Y, aún más importante:

qué lugar queremos encontrar nosotros cuando volvamos a Macarella.

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Sergio Servera nació en Ciutadella en el año 1979. Es licenciado en Periodismo por la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia. Ha sido concejal durante ocho años en el gobierno municipal de Ciutadella con Gent x Ciutadella, agrupación de la cual fue uno de los principales impulsores.
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Arqueólogo de profesión, apasionado de la palabra escrita, cultivador intermitente de la poesía, inicio hoy esta primera colaboración en un medio digital, bajo el título genérico de VERSOS EN TONO MENOR, que estará presente aquí cada semana. Espero que sean del gusto de los lectores. Ciutadella, mayo de 2025
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Mike Sierra se instaló en Menorca en el año 2024. Formador digital y experto en Inteligencia Artificial, ha ejercido también el periodismo durante las últimas décadas en distintos lugares de América Latina.
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Ainoa Pons nació en Barcelona y tiene raíces menorquinas por parte de su abuelo. Su formación principal está vinculada al sector audiovisual. Su trayectoria profesional combina la producción de rodajes y eventos culturales, la enseñanza de danza en Menorca y en diversas escuelas de swing de la península desde una mirada antirracista, y la comunicación aplicada al mundo de la empresa. También ha realizado formaciones en educación sexual y está certificada en Programación Neurolingüística (PNL). Actualmente se dedica, entre otras cosas, a investigar y leer sobre feminismos y el colectivo LGTBIQ+.
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Fotógrafo. Nació en Bilbao. En 1992 se trasladó a Barcelona, donde se dedicó a la fotografía de moda. Cursó un grado de maquillaje en la escuela Cazcarra y amplió estudios con el fotógrafo Joaquín Montaner. Al mismo tiempo, continuaba con sus fotografías de calle, por las cuales es conocido. En 2015 se instaló definitivamente en Menorca, alternando su gran pasión, la fotografía de calle, con el cuidado de personas mayores.
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